DESDE EL MIRADOR
Paso mis días frente a la iglesia del Carmen pero me veo impedido de entrar a su interior. Es tan duro ver transcurrir mi vida tan cerca y no poder pasar a ver a mi Cristo de la Preciosísima Sangre… No poder nunca postrarme ante Él y rezarle mirándole a los ojos…. No poder entrar nunca al Museo para ver el resto de imágenes, el resto de pasos de la Archicofradía… Todo ello es algo que me llena de gran tristeza y amargura.
Me tengo que conformar con verlos salir y entrar una vez al año. Durante 364 días espero ansioso a que llegue el Miércoles Santo para, cuando comienza a declinar la tarde, recrear la vista desde mi mirador, contemplando ese incesante fluir de nazarenos coloraos, que acuden para sacar la procesión de la Sangre a la calle, una vez que las siete campanadas del Carmen, anuncian que ha llegado la hora de vestir a Murcia de rojo.
¿Y yo? Yo, que soy uno más de esos tres mil y pico, no puedo moverme de donde estoy. Por eso me tengo que conformar con lo que me ha reservado mi suerte y mi destino.
Tener mi humilde morada enfrente de la iglesia del Carmen… Ser “nazareno colorao” y no poder vivir desde dentro mi procesión. Sólo soy un espectador más que la ve salir y entrar, eso sí, desde mi envidiable mirador. Pero mi sitio natural no es este. Mi sitio natural es salir cargando en uno de los diez pasos que componen el cortejo. A poder ser –y si no fuese mucho pedir- cargando en el trono del Santísimo Cristo de la Preciosísima Sangre.
Más yo soy tan sólo un modesto nazareno de a pie, que bastante tiene con vestir su túnica –ese privilegio sí que no me lo puede quitar nadie- y mirar fijamente a la puerta de la Portería y del templo carmelitano, empapándome los ojos ante tanta hermosura, y también, con tantas lágrimas que, incontenibles afloran a mis cansados ojos.
Pero hoy es ese día que, en el calendario de mi solitaria vida, tengo señalado de rojo (¿qué mejor color que ese para hacerlo?). Hoy es Miércoles Santo y, en los campanarios de la iglesia del Carmen, acaban de sonar las siete campanadas que anuncian, que la tarde más bella ha comenzado. Y, entre la “boria” que las lágrimas provocan en mi cansada vista, veo como esos nazarenos, descendientes de la flor y nata de la huerta, de los sencillos y recios huertanos del antiguo Partido de San Benito, sacan a la luz del más hermoso atardecer, a la hermosísima Samaritana que, adornada de joyas y entre el alegre tintinear de los cristales que cuelgan de las tulipas del trono, conversa con Jesús “Mujer, tengo sed, dame de beber….”
A continuación, el hogar de Lázaro sale a la calle y, toda la familia rodea al Invitado de honor, que se siente como en su propia casa, agasajado por Marta y escuchado por María. Mientras, el anfitrión contempla en silencio la escena que tiene lugar entre su amigo y sus hermanas, quienes no se ponen de acuerdo acerca de si es mejor agasajar a su distinguido invitado, o escuchar su Palabra. “Maestro: di a María que me ayude con las tareas de la casa.” …. “Déjala Marta. Ella ha elegido lo mejor.”
La bajeza del traidor –único en dar la espalda a Jesús- contrasta con la Majestad que irradia el rostro de Cristo, mientras, el resto de apóstoles se entretienen en animadas charlas, ajenos al mudo diálogo que mantienen los ojos de Jesús, fijos en los ojos de Pedro. Pero, el único que se da cuenta del significado de esa mirada es el joven Juan quien, descalzando sus sandalias, prepara sus pies para ser lavados. “Señor: ¿Tú vas a lavarme los pies a mí?” … “Te aseguro, Pedro, que si no te lavo los pies, no tendrás que ver conmigo”
Cuando más falta le hacían sus amigos, estos le abandonaron a su suerte, a manos del sumo sacerdote y sus sicarios. Incluso el apóstol elegido negó conocerle. “Maestro, antes moriré que abandonarte”…. “Pedro, Pedro…. No digas eso porque antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces”, le dijo Jesús. Y así fue. Ahora, lloras y te arrepientes pero, habiéndole negado, aún te ama.
“Ecce Homo” dijo Pilato. Y presentó al pueblo a un hombre convertido en una piltrafa, por obra de los verdugos que se ensañaron con Él. Y en el balcón del Pretorio aparece Jesús, con un rostro patético y una mirada de sufrimiento y de dolor. Cruelmente azotado, coronado de espinas, con el manto púrpura sobre los hombros y la vara del escarnio en las manos, es sometido a las burlas del populacho, representado por el horripilante Berrugo de las habas.
“Mamá ¿tienes un pañuelo? Mira cuánta sangre tiene. ¡Ayúdale buen hombre! ¡Sujétale la cruz, que se ha caído y le va a aplastar! ¿Por qué le hacen eso mama? Agárrate a mi mano Señor, que yo te ayudo a levantarte“
“Mujeres de Jerusalén: Llorad por vosotras y por vuestros hijos. Llorad por este tierno niño que es un valiente. Pero no lo hagáis por mí….”
“¡A la cruz con él!” Eso es lo que parece decir el soldado romano, gladium en mano, mientras, el cruel sayón se encarga de que sea cumplida la orden, dando un fuerte tirón de la cuerda que ahoga el cuello de Cristo. Y Jesús, con una mirada de profunda pena y resignación, mientras camina dando traspiés hacia su patíbulo, parece pronunciar aquellas palabras “Padre: perdónales, porque estos no son conscientes de lo que están haciendo”.
¡Ah!. Por fin llega el momento de ver cumplido el sueño que llevo alimentando durante todo el año. Llega el momento en que, mi amado Cristo de la Preciosísima Sangre, va a salir a llevar su sangre por todos los rincones, tanto del “barrio” como del resto de la ciudad de Murcia, allende el Segura. Y yo, un año más, un Miércoles Santo más, voy a ser testigo de excepción desde aquí arriba, desde mi atalaya.
Señor: que lástima no poder llevarte sobre mis hombros. Que pena no poder caminar por ti, para que tus descalzos y traspasados pies no pisen el duro suelo. Pero, Tú quisiste que yo naciera para lo que he nacido y, aunque me duela, acepto tu decisión.
En ese momento, mirando fijamente al Cristo, el nazareno notó con estupor, que los ojos de la Santísima Imagen estaban fijos en los suyos, con una mirada penetrante, pero al mismo tiempo cálida.
A partir de esa mirada de su Cristo, todo cambió para nuestro nazareno. Sus frías piernas volvieron a recuperar su perdida vitalidad y movilidad; pudo volver a mover los brazos y sus dedos asieron con fuerza el estante de madera.
Comprobó como su túnica de nazareno estante recobraba su perdido color rojo, como sus piernas volvían a sentir el tacto de las medias de ganchillo y las plantas de sus pies volvían a sentir el esparto de las suelas de sus alpargatas de carretero clavándose en su carne, con cada paso que daba.
Sin apartar sus ojos de los del Cristo, sintió como una llamada, un requerimiento a acercarse a Él, de manera que bajó a la calle desde la atalaya en la que pasaba sus días y, abriéndose paso entre el público, se acercó al trono del Señor de la Sangre. Al llegar junto a él, vio que había un lugar vacío en una de sus varas delanteras. Siguiendo ese mismo impulso que le llamó a acercarse al paso, ocupó el lugar vacío en la vara, justo en el preciso instante en que, el cabo de andas golpeaba la tarima con su estante, ordenando el inicio del caminar del Cristo por las calles de Murcia.
Con los ojos anegados en lágrimas de felicidad, nuestro anónimo nazareno pudo ver cumplido su sueño de desfilar en el cortejo colorao que, tantos años había visto tan sólo salir y entrar. Pero este año era distinto. Este año sentía y sufría con gusto el peso del Cristo sobre su hombro. Este año vio como Murcia entera alfombraba sus calles de colorao para rendir homenaje al Cristo de la Sangre. Este año fue feliz.
De vez en cuando, durante las paradas del trono, giraba la cabeza y miraba a lo alto, al rostro del Cristo. Y, aún dentro de su expresión de dolor, le pareció adivinar un leve esbozo de sonrisa en los labios de la Imagen.
No vio salir, obviamente, ni al fiel San Juan, ni a la hermosísima Virgen Dolorosa en su trono cuajado de velas, ya que ambos pasos desfilan detrás del Cristo. Les pudo ver entrar, eso sí, al regreso, con el Cristo detenido ante la puerta del Carmen, esperando a su fiel amigo y a su dolorida Madre.
Una vez entrada la Virgen a los sones de la preciosa marcha “Estrella Sublime”, llegó el momento de entrar al Cristo en su iglesia del Carmen, mientras la banda interpretaba la “Marcha Real” y el numeroso público asistente prorrumpía en una gran ovación, fruto del amor y la devoción que Murcia siente por el Cristo de la Preciosísima Sangre.
Ya dentro de la Portería, tras mirarle por última vez a los ojos, salió de la misma y, con una extraña sensación, mezcla de tristeza y felicidad, volvió a subir a su atalaya.
Nadie sabe quién lo puso, pero el caso es que, en el Jardín de Floridablanca, al pie del monumento al Nazareno Colorao, al pie del mirador de nuestro nazareno, apareció un gran ramillete de claveles rojos de los que, durante la procesión, formaron el calvario de flores del trono del Cristo de la Sangre.
Ha pasado el tiempo, pero el ramillete de claveles sigue ahí, tan frescos y rojos como el primer día.
El rostro de bronce del nazareno parece haber cambiado su expresión. Ahora se le nota más feliz y satisfecho.
Pero nadie acierta a adivinar el por qué….
