sábado, 25 de febrero de 2012

NO LE HIZO FALTA BASTÓN.


Vestido con su capa, salió sin hacer ruido alguno. No quiso sin embargo marcharse sin pasar primero un momento por el Yiyi -la que era sin duda su segunda casa en momentos de asueto- a practicar su deporte favorito: levantamiento de vidrio en barra fija. Con el estómago más asentado después del chatico de vino se dijo a sí mismo: ¡es la hora! Y hacia la morada del Padre Eterno continuó su camino.
Cuando llegó cerca de la puerta hizo un breve alto en el camino. Se miró de arriba a abajo y comprobó que no iba adecuadamente vestido para el momento. En esto que vio venir revoloteando a unos angelitos que le traían unas vestiduras. Cuando las vio de cerca, comprobó que se trataba de su túnica colorá, su túnica de mayordomo de su querida Archicofradía de la Sangre. Con la ayuda del querubín se quitó la capa y el traje, y se revistió con la túnica, de la que siempre dijo que se trataba de su vestimenta habitual ya que, siendo nazareno todo el año, ese y no otro debería ser su hábito cotidiano.
Una vez correctamente vestido, consideró llegado el momento de entrar en la que habría de ser su casa en adelante. Ya no viviría más en la avenida que llevaba su nombre. Ahora viviría en el Paraíso.
Llegó a la puerta y no vio a nadie allí. Que raro le pareció eso. Sin embargo, aún no había pasado un instante, cuando vio llegar jadeando a un señor mayor, cuya cara le era harto conocida. Era San Pedro, si el San Pedro del paso de la Negación que se aprestaba a abrirle de par en par la puerta.  Pasa Carlos -le dijo- estás en tu casa. Y perdona por el pequeño retraso, es que he tenido un incidente con el gallo nuevo que me han traído, que no veas los espolones que tiene y las ganas que me tiene cada vez que pronuncio la palabra NO.
No le hizo falta el bastón para dar sus primeros pasos por el Cielo. El propio San Pedro le llevaba firmemente cogido del brazo, como si fueran dos viejos amigos que se vuelven a encontrar después de un tiempo sin verse y dan un entrañable paseo recordando viejos tiempos.
Con algunas lágrimas en los ojos, preguntó a Pedro. ¿Puedo verla por última vez?. Pedro sabía perfectamente a lo que se refería Carlos. Por supuesto -dijo Pedro- si es tuya.  En ese preciso instante, comenzaron a tomar vida una serie de desconocidos personajes que había visto en la lejanía. Así, al pasar junto a un frondoso olivo, vio sentado a su sombra, sobre una roca, nada más y nada menos que a Jesús, conversando con la que reconoció como Fotina, a quien demandaba un trago de agua fresca, recién sacada del pozo. Con una gran sonrisa y un ademán con la cabeza, Jesús le saludó y le dio la bienvenida, mientras, Fotina llenó un vaso con agua fresca y se la ofreció. A Carlos se le antojó mejor un chatico de vino del Yiyi, que era mucho lo que se le venía encima, y así se lo hizo saber a Fotina, pero ella le dijo que tan sólo tenía agua, pero que era fresca y viva. Jesús, pendiente de todo, guiñándole un ojo le dijo: -bebe ese agua, que ahora haré que te traigan ese chatico que deseas-. 
Siguió el paseo del brazo de San Pedro hasta llegar a un entrañable hogar. Inmediatamente reconoció la escena y allí, ante Jesús, en el hogar de Lázaro y sus hermanas le hizo entrar San Pedro. Besó las manos de Jesús y Jesús besó las suyas. Mientras, Marta, siempre solícita le escanciaba un vaso del mejor vino de la modesta bodega de su hermano. Bebe Carlos -le dijo Jesús- tu deseo está cumplido. ¿Otro vasico? -le preguntó Lázaro-. ¿Puedo Señor?  Pues claro que puedes Carlos, estás en tu casa. Bueno -repuso Carlos- La espuelica y ya está bien.
Casi no le dio tiempo a acabar el trago cuando un grupo de apóstoles le cogieron casi en volandas y le sentaron en un taburete en el que alguien había escrito "Carlos".
Cuando se hubieron sentado todos, vio avanzar hacia él a un hombre con la túnica desceñida y los cabellos desmadejados, totalmente revestido de Majestad. Hola Carlos. Bienvenido.  Jesús hizo ademán de agacharse, mientras San Juan le quitaba los blancos zapatos de mayordomo y los calcetines, para recibir el agua que Jesús derramaba sobre sus cansados pies, los cuales parecieron revivir al sentir las manos de Jesús lavándoselos y masajeándoselos.
San Juan le volvió a calzar mientras, San Pedro le ayudaba a incorporarse para continuar su paseo.  Llegaron a un patio donde se alzaba una breve columnita, sobre la que había un enorme gallo de poderosos espolones, que aleteó al ver llegar a Pedro. El anciano llevó a Carlos ante Jesús, cuyo entristecido semblante cambió totalmente al verle llegar. Las ataduras que ligaban sus manos cayeron al suelo inmediatamente, para que pudiese estrechar a Carlos entre sus brazos mientras, las lágrimas de San Pedro volvían a rodar por sus arrugadas mejillas.
En esto que vio llegar a San Juan, que venía a sustituir a San Pedro, quien se había quedado inmóvil al oir cantar al gallo. 
Del brazo de San Juan llegaron a las inmediaciones de la Torre Antonia, fuertemente guarnecida por fiera soldadesca de Roma. Allí, pudo contemplar entristecido la imagen machacada, castigada, rota, coronada de espinas, de Cristo mientras, Pilato le cubría con la capa roja del escarnio. En la lejanía escuchó  -¿A quién queréis que os suelte?-  A lo que se aprestó a responder con la mayor potencia de voz que sus pulmones le permitían -A Jesús, a Jesús-. Por las lágrimas y por la mirada de tristeza y resignación que Jesús le dirigió, supo que todo estaba perdido.
Casi cayó al suelo al resbalar en unas cortezas de habas, mientras comenzaron los dos a caminar en pos de Jesús, por la Vía Dolorosa. En esto que vio como Jesús caía bajo el peso de la cruz, mientras, un tierno niño, llorando al ver la escena, buscaba consuelo entre los pliegues de su túnica de mayordomo. Oyó a Jesús decirles a unas mujeres que no llorasen por Él, en el mismo instante en que la mirada de Jesús se cruzaba con la suya y le decía. Tú tampoco llores más, y dile a los tuyos que tampoco lo hagan. La Casa de mi Padre es lugar de alegría y no de tristeza.
Allá, a lo lejos, vio como quitaban al apenado Jesús sus vestiduras y como le tumbaban sobre la cruz para clavarle en ella. No pudo acercarse más, le fallaban las fuerzas, y San Juan había tenido que ausentarse un momento para ir a buscar a María.
Cerró los ojos y, cuando volvió a abrirlos se encontró ante la mejor visión que había tenido nunca. Y mira que había visto cientos de veces esa misma visión. Pero lo que tenía ahora delante no era una imagen de madera. Era el propio Jesús, clavado de manos a la Cruz, con los pies agujereados por los clavos, pisando el fruto de la vid, en el Lagar Místico, mientras de sus Cinco Llagas brotaban torrentes inagotables de Preciosísima Sangre Salvadora. La mirada penetrante de Jesús le hizo comprender que ya nunca más volvería a sentir dolor, que todo lo que de bueno había sembrado durante su larga vida, lo recogía ahora con creces, que estaba SALVADO y en la GLORIA DE DIOS.
En esto vio llegar a San Juan. Venía acompañado por la más bella de las Mujeres. Al llegar los dos donde él se encontraba dijo Juan: -Carlos, aquí tienes a tu Madre-. María le estrechó en sus brazos y, a partir de ese momento, lo único que Carlos volvió a sentir fue PAZ.


(Este cuento fue escrito como homenaje y en honor a la memoria del Presidente y Presidente de Honor que fue, de la Real, Muy Ilustre, Venerable y Antiquísima Archicofradía de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, Don Carlos Valcárcel Mavor Q.E.P.D.)



jueves, 23 de febrero de 2012

MISTERIO EN EL HOSPITAL

Daniel tuvo que llamar al médico de urgencias para que acudiese a su casa. Fuensanta -su mujer- estaba muy enferma. No sabía qué le ocurría, pero tenía una fiebre altísima que no le bajaba con nada. Llegó el médico a su casa y, tras examinarla, dijo que era necesario llevarla a urgencias del Hospital. Llamaron a una ambulancia y, tras entrar en urgencias del Reina Sofía, los médicos dictaminaron su inmediato ingreso, debido a la gravedad de la enferma.

Conforme pasaban las horas, Fuensanta, en lugar de evolucionar favorablemente, fue empeorando cada vez más, hasta el punto que los médicos decidieron su ingreso en la UCI, en un estado de extrema gravedad.

Daniel estaba hundido. Veía impotente cómo, su amada esposa se le estaba yendo de las manos. Sentado en la sala de espera, se puso a rezar. Pero necesitaba estar solo y con más intimidad, de manera que bajó de la planta donde estaba la UCI y se dirigió al mostrador de información, que se encontraba en el inmenso hall del nuevo Hospital. Allí preguntó si existía alguna especie de Capilla o similar. –Sí, señor. Mire, suba esas escaleras y, al fondo a la derecha, verá la puerta de la Capilla-.

Encaminóse hacia allá. Abrió la puerta y, se sorprendió al ver, en la pared opuesta a la entrada, una enorme imagen de un Cristo Crucificado.
Se acercó y lo miró de cerca. Era fácil hacerlo, ya que la imagen se encontraba en una posición muy baja, muy al alcance de la vista. El Cristo era impresionante. De una envergadura enorme, debía ser muy antiguo, ya que estaba casi totalmente oscurecido por lo que, supuso, una capa de suciedad y humo de siglos. Se arrodilló ante la imagen y comenzó a rezarle, a pedirle por su Fuensantica.

                 
Después de rezar, mirando fijamente al rostro, a los ojos entrecerrados del Cristo, comenzó a sentirse mejor, más reconfortado, y sintió una grandísima paz interior.

Mientras Daniel oraba ante la imagen del Crucificado, Fuensanta deliraba en la UCI. No sabía dónde se encontraba y, cuando abría los ojos, únicamente veía médicos y enfermeras, yendo de un lado para otro de la sala.
Una de las veces que entreabrió los ojos, vio borrosamente la figura de un médico. Tan sólo acertó a distinguir que el doctor, vestido con su bata blanca, era una persona muy alta, que tenía poblada barba y que, sentado en el lateral de su cama, la agarraba fuertemente de la mano.
Volvió a cerrar los ojos, presa de la fiebre que la consumía, pero no le abandonó en ningún momento la sensación de una poderosa mano que agarraba la suya, temblorosa y débil.

Cuando Daniel salió de la Capilla, al pasar por recepción decidió preguntar a una enfermera que allí había, acerca de la imagen del Crucificado de la Capilla. –Sí (le contestó la enfermera),  es una imagen muy antigua, caballero. Ya se encontraba en el primitivo Hospital de San Juan de Dios, donde hoy está la Comunidad Autónoma, ¿sabe?-
De este modo supo que, en el citado Hospital se encontraba ubicado, colgado en lo alto del rellano de la escalera, y por ello se le conocía como el “Cristo de la Escalera”. Ahora se le denominaba “Cristo de Zalamea”, y era una imagen de muchísima devoción y muy querida por todo el personal del Hospital y por muchísimos enfermos y sus familiares que acudían a pedirle por la curación de sus males.
-Pero ya ha visto usted en qué mal estado se encuentra. Pronto va a ser llevada a un taller de restauración….. Ah, caballero, también puedo decirle que un grupo de nazarenos pretenden crear una nueva Cofradía con la imagen de este Crucificado como Titular-.
Agradecido por la información que le había facilitado la enfermera, Daniel se dirigió hacia la UCI, a ver como seguía su esposa y si los médicos podían decirle algo más.

Cuando llegó allí, las noticias no eran buenas. Fuensanta estaba en estado crítico. A través de las cristaleras pudo ver cómo estaba permanentemente atendida por un doctor que no soltaba su mano en ningún momento.
Su mujer se le iba. Lo sabía.
Sentado impotente en la sala de espera, el cansancio y el dolor le vencieron y no pudo evitar quedarse dormido.

Se despertó por la mañana temprano, sobresaltado y con el cuerpo entumecido por la mala postura en que había pasado las últimas dos horas. Lo primero que hizo fue acercarse a la UCI y allí vio cómo el médico de las barbas continuaba junto a su esposa, aferrado a las manos de su Fuensanta.

Dio un golpecico en el cristal para llamar la atención del doctor y éste se levantó y salió de la UCI. Daniel le preguntó por su mujer y el médico le dijo que dormía, que seguía muy grave, pero que no se preocupase, que su curación estaba en manos de Dios. Que rezase por ella y tuviese fe. Que fuese a la cafetería a desayunar algo, que se le veía muy mala cara, y que después marchase a casa a descansar un poco, que ya velaría él por su esposa.
Daniel le dio las gracias por todo. Le dijo que iría a tomar algo, pero que a casa no se marchaba dejando a su mujer sola y en esa situación.

Al regresar de la cafetería subió de nuevo a la Capilla para rezar ante el enorme e impresionante Crucificado.
Pero, cuando entró se llevó una grandísima sorpresa… ¡¡¡El Cristo no estaba!!!… La Cruz negra permanecía colgada en su sitio, pero ¡¡la imagen había desaparecido!!
Muy extrañado y un tanto alarmado, bajó a información y preguntó qué había ocurrido con el Cristo.
Allí no sabían nada. Acababan de empezar su turno de trabajo. Pero una enfermera le comentó que había oído que un día de esos se iban a llevar la imagen del Cristo al taller de Verónicas para ser restaurado. Así que allí debían haberlo llevado esa misma mañana temprano.
Desilusionado y un poco acongojado por no poder hallar el consuelo y la paz que la contemplación del Crucificado le había otorgado la noche anterior, Daniel subió de nuevo a la Capilla y oró postrado ante la Cruz vacía.

Mientras tanto, las cosas en la UCI no marchaban bien para Fuensanta. Su estado había empeorado alarmantemente. La pobre, entre delirios y sueños, tuvo una visión de si misma, caminando por un oscuro y larguísimo túnel, hacia un brillante puntito de luz que se veía al final. Conforme se acercaba a la luz, ésta se volvía más y más brillante y cegadora.
Cuando parecía que iba a dar el último paso para traspasar la línea que separaba la oscuridad de la luz blanca y cegadora, sintió una poderosa mano que, agarrando la suya, se lo impidió. Y, por más que intentaba desasirse, el inmenso poder de la férrea mano no se lo permitió.

Lo siguiente que recordaba Fuensanta fue abrir los ojos y verse de nuevo acostada en su cama de la UCI, con el médico de las barbas asiendo su mano, con una sonrisa dibujada en sus labios. –Descansa Fuensanta (le dijo el gigante doctor), ya estás mejor. Pronto te pondrás bien y volverás a casa con tu esposo Daniel, que anda por ahí afuera-.

En ese preciso momento llegaba a la UCI Daniel, que venía de la Capilla, aún triste y extrañado por la repentina y misteriosa desaparición de la imagen del Crucificado.
Al verle llegar, el doctor se levantó y salió.
-Buenas noticias Daniel: Fuensanta ha pasado una grave crisis en la que ha estado a punto de morir. Pero ha superado el peor momento y ya se encuentra mejor. Dentro de pocos días podrás llevártela de vuelta a casa. Yo ahora me tengo que marchar, que me han surgido otros asuntos urgentes que atender. Tú vete a casa y descansa. Hazme caso, ¿vale?-.

Con una infinita alegría en su interior, y con los ojos arrasados en lágrimas, Daniel se abalanzó sobre el médico para abrazarle.
Al estrecharle entre sus brazos tuvo la misma sensación de paz y de consuelo que había tenido la noche anterior, cuando miró a los ojos del Cristo, en la Capilla.
Enormemente extrañado, Daniel soltó el abrazo y miró al doctor a los ojos. Éste le sonrió y, llevándose un dedo a los labios para que guardase silencio, le guiñó un ojo.
¡No! ¡No podía ser! Todo tenía que ser producto del cansancio, del estrés, de la angustia que había sufrido al ver que su Fuensanta se le iba.
Cuando se quiso dar cuenta, sin saber cómo, el doctor desapareció de allí.

Daniel reaccionó y salió disparado hacia la Capilla. Subió los escalones de dos en dos y se abalanzó sobre la puerta de la misma.

Lo que vio en la Capilla le dejó atónito y sin habla.

El Cristo de Zalamea estaba allí, colgado de su Cruz, tal como lo vio por vez primera la noche anterior.

En ese preciso instante, una señora se encontraba arrodillada ante la imagen del Cristo, rezando en voz alta entre sollozos, pidiéndole por la vida de su hijo, que acababa de tener un grave accidente con la dichosa moto.


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Ha pasado un año y medio desde que ocurrió aquello.

El Cristo de Zalamea ya no se encuentra en el Hospital.
Fue magníficamente restaurado y posteriormente llevado a la Iglesia-Museo de San Juan de Dios, donde recibe culto.

Tras muchas y arduas gestiones, finalmente fue autorizada la creación de una Cofradía en torno a la sagrada imagen del Cristo.

Hoy es Jueves Santo por la tarde y, Daniel y Fuensanta, vestidos con sus túnicas negras con capuz dorado llegan pronto a la iglesia de San Juan de Dios.
Los dos son Nazarenos Estantes del Cristo de Zalamea.
Después de lo sucedido hace año y medio en el Hospital, fueron de los primeros en pasar a formar parte de la nueva Cofradía del Santísimo Cristo de Zalamea. Ellos, mejor que nadie, saben con certeza a Quién van a llevar sobre sus hombros dentro de pocos minutos, en la primera procesión de la recién nacida Cofradía.

Algunos responsables de dicha Cofradía vienen observando cómo, con cierta frecuencia, cuando la iglesia está cerrada, la imagen del Crucificado “sufre” extrañísimas desapariciones que duran unas pocas horas y, tal como desaparece, la imagen del Cristo vuelve a reaparecer en su lugar.
Llevan el tema con gran discreción. No comentan nada, ni siquiera entre ellos mismos. No quieren ser tildados de locos.

Coincidiendo con las citadas desapariciones de la imagen, por la UCI del Hospital Reina Sofía siempre aparece un gigante y desconocido doctor de pobladas barbas, que aferra con fuerza las manos de los enfermos en trance de mayor gravedad.




miércoles, 22 de febrero de 2012

LA TABERNERA DEL CARMEN

Hacía tres años que había muerto su maestro, pero su taller seguía abierto, con él a la cabeza. Había sido su mejor discípulo y colaborador, y casi como de la familia. Los encargos que dejó pendientes de ejecución su maestro, los había acabado él con notable acierto. No había en esa época en Murcia ningún escultor que le superase, y eso se notaba en los continuos encargos que seguía recibiendo el taller.

Un día, recibió una misiva por medio de un mensajero. Los mayordomos de la Cofradía de la Sangre le requerían para entrevistarse con ellos en el Convento Carmelita, al otro lado del río. –Está bien, diles de mi parte que mañana iré a verles-
Al día siguiente salió de su casa, atravesó la muralla por la Puerta del Puente, cruzó el mismo y se encaminó hacia el Convento del Carmen. Allí le esperaban los mayordomos de la Cofradía de la Sangre de Cristo, quienes le llevaron ante algunas de sus imágenes.
–Os hemos hecho llamar, don Roque, para mostraros estas imágenes y proponeros algo. Mirad, conocéis bien el paso de la Negación de San Pedro, obra de Bussy. Como veis se encuentra en mal estado y queríamos encomendaros su restauración.  Y aquí tenéis la Virgen de la Soledad, también de Bussy.  También pretendemos encargaros su restauración. ¿Qué decís a nuestra propuesta?-
Roque López contestó: -Pero, ¿cómo habéis permitido que las imágenes hayan llegado a este estado? ¿Por qué no habéis hecho esto antes?-
-Bueno, don Roque, ya sabéis que eso cuesta dinero, y conocéis los avatares por los que ha pasado nuestra Cofradía, inmersa en costosos pleitos y más pleitos. Ahora, una vez superadas las desavenencias y problemas, es cuando podemos disponer de algún dinero para pagar los arreglos.
-Comprendo. Bien, no hay ningún problema en aceptar vuestros encargos, y será para mí un honor restaurar las imágenes de tan gran maestro como fue Nicolás de Bussy. Pero en el caso de la Virgen de la Soledad quisiera proponeros algo: Como bien sabéis, hace tiempo que decayó la moda de hacer imágenes de la Virgen en su Soledad. Mi maestro, Salzillo, creó un nuevo tipo de Virgen, la Dolorosa, de la cual se han hecho muchas. Con todos mis respetos hacia esta magnífica Soledad de Bussy, decidme: ¿no os gustaría tener una Dolorosa de ese tipo para vuestra procesión?-
Los mayordomos de la Sangre se miraron entre si. Aquello cambiaba sus planteamientos iniciales. Tenían que pensarlo bien antes de tomar una decisión, así que firmaron el acuerdo para la restauración de la Negación de San Pedro y, en cuanto al tema de la Virgen, emplazaron a Roque López para darle una respuesta en breve. Al salir del Convento, propusieron sellar el acuerdo con un vaso de vino, en la taberna de Nicanor, que estaba a pocos pasos, junto a la alameda.
Entraron y tomaron asiento. De inmediato la vio acercarse a la mesa. Era la mujer más guapa que recordaba haber visto jamás. Tanto que se quedó embelesado mirándola.
–Don Roque, ¿qué os pasa? ¿no me oís?- le dijo uno de los mayordomos.  -Os pregunto que qué deseáis beber.- 
-Oh, sí…  disculpad… yo… este… sí, sí, vino, por favor-.
Y se quedó mirando como la guapa moza se marchaba a preparar la comanda, contoneándose entre las mesas y bancos de madera.
-Parece que os ha gustado Fotina, don Roque. Es normal, porque guapa es con avaricia, pero tiene un defecto… está casada. Nicanor, el dueño de la taberna, es su esposo.-
-Vaya por Dios- contestó Roque López –Viendo a ese tal Nicanor sólo se puede decir, que la fortuna está muy mal repartida en el mundo-.
–Y decís bien don Roque, porque no debería estar permitido que un  malencarado como el tabernero, tenga por esposa una mujer así. ¿No creéis?-.
-Y tanto que no- dijo Roque -y más cuando uno, como es mi caso, está soltero-.
–Soltero porque vos queréis, que seguro que no os habrán faltado ocasiones-.
–Bueno, sí, cierto es, pero entre mi dedicación al aprendizaje en el taller de mi maestro, y después, a su muerte, haberme hecho cargo del mismo, pues la verdad, no he podido dedicarle mucho tiempo a los asuntos del amor-.
–Brindemos don Roque. Por vuestros asuntos del amor y, sobre todo, por el acuerdo que hemos firmado, para que trabajéis para nuestra Cofradía-.

Pasadas unas pocas semanas, Roque López recibió en su taller la visita de algunos mayordomos de la Sangre. Le traían en un carro, las imágenes de la Negación de San Pedro para ser restauradas. Asimismo traían un encargo para el escultor: la junta de mayordomos había aceptado la idea sugerida por don Roque, y decidido encargarle la ejecución de una imagen de la Virgen de los Dolores, según el modelo creado por Salzillo.
Roque López estaba satisfecho. La futura “Señora del Carmen” saldría de sus manos. Tendría que hacer una obra maestra, porque las comparaciones con la Dolorosa de la Cofradía de Nuestro Padre  Jesús Nazareno iban a estar a la orden del día. Pero no le importaba ni le preocupaba demasiado. Confiaba en si mismo y en su arte y sabía que, aún siguiendo el modelo de su maestro, haría una Dolorosa con personalidad propia.

Casi un año más tarde, el 2 de Abril de 1.787, desde el convento de Santa Clara partían el restaurado paso de La Negación y la nueva Virgen Dolorosa, en Solemne Rosario con dirección al Convento de Carmelitas. Cuando llegaron al Carmen y colocaron a la Virgen en su altar, los mayordomos de la Sangre no pudieron sino poner caras de satisfacción. Era Ella, la Señora, la bellísima y maravillosa Dolorosa del Carmen, la que pisaba por vez primera su casa.


Después de haberle rezado de rodillas un Ave María, marcharon todos a celebrarlo a la taberna de Nicanor. Roque López se alegró al recordar a la guapa moza que allí servía las mesas y que ahora volvería a ver.
Se sentaron en una mesa y enseguida se acercó Fotina.
-¿Qué se os ofrece, caballeros?-
-Díle a tu esposo Nicanor que nos sirva los mejores vinos y licores que tenga en su bodega, que venimos de celebración-.
–Nicanor no está. Se encuentra enfermo. Pero no penen sus señorías, pues serán servidos como les corresponde, y tendrán las mejores bebidas y los mejores manjares que mi humilde casa os pueda ofrecer. Y, ¿pues qué celebráis, caballeros?, si no es mucho preguntar-.
–Celebramos que don Roque, maestro escultor aquí presente, nos ha hecho entrega de la nueva y bella imagen de la Virgen de los Dolores para nuestra Cofradía y procesión. La debes haber visto pasar ante tu puerta hace un rato-.
–Ciertamente que la vi. Hermosa Virgen, caballeros. Halagada me siento de tener en mi humilde casa a tan insigne artista. Mi nombre es Fotina, señoría, para serviros-.
Roque López no sabía para donde mirar. Los ojos de la tabernera le tenían embelesado. Aún sabiendo que estaba casada, no podía dejar de mirarla. Pero cruzar su mirada con la de Fotina le hacía enrojecer de vergüenza, de manera que se excusó.
–Ruego me disculpen caballeros, pero mi taller no puede permanecer ocioso, que muchos son los encargos y cortos los plazos de entrega. Os agradezco vuestras palabras de elogio y deseoso estoy de ver a mi Dolorosa en la calle, durante vuestra procesión, el próximo Miércoles Santo. Ahora he de marchar-.
En ese momento llegaba Fotina con las bebidas. –¿Ya os vais caballero? ¿No probaréis este magnífico licor que guardaba mi esposo para ocasiones especiales? ¿No os sentís a gusto en mi humilde casa?
-Humm… esto… sí, cierto que sí… pero bueno… Disculpad… A sus pies señora. Queden con Dios, señores-.
-Extraño comportamiento el de nuestro escultor, ¿no creéis?-
-Me parece a mí que se siente violento ante la mirada de Fotina…. En fin, él sabrá lo que le pasa. Brindemos caballeros, ¡¡Por la Cofradía de la Sangre!!-.

Durante los meses siguientes, no fueron pocas las veces que Roque López veía, como sus largos paseos por nuestra ciudad, acababan inevitablemente al otro lado del Segura, en la taberna de Nicanor.
Le era grato pasar las horas del atardecer estival, a la plácida sombra de la parra que había ante la puerta de la taberna, junto al fresco ribazo de la acequia Almohajar. Ya no se azaraba tanto ante la aguda mirada de Fotina y, salvaguardando las distancias y el respeto que le merecía una mujer casada, le fue cogiendo cierta confianza.
Y notaba que dicha confianza le era mutua. A Fotina le gustaba escuchar las historias que le contaba Roque López, los trabajos que hacía, los santos que tallaba para esta o aquella iglesia o cofradía. Y con cierta frecuencia se escuchaba la risa de la tabernera, alegre y cantarina como el agua que corría por la acequia.

Y la gente comenzó a cuchichear. Comentarios de taberna, ladinos y con doble intención en la mayoría de ocasiones, que llegaban a oídos de Nicanor. –Ayer, que marchaste a por vino a Pinoso, estuvo aquí toda la tarde el santero….-.   -Bonito vestido se ha puesto hoy tu esposa… ¿acaso vendrá el escultor?-.     –Habla con él y dile que se busque otra taberna….  y otra tabernera….-
Nicanor, era una buena persona, pero un tanto bruto en sus modales, sin embargo le tenía mucho respeto a don Roque López, dada la reputación de maestro escultor que tenía, tanto en la ciudad como en el Reino de Murcia. De manera que hizo de su esposa blanco de los celos, provocados por tanto comentario insidioso, hasta el punto de llegar, en alguna ocasión, al maltrato verbal e incluso físico para con ella.
Ésta, que era de armas tomar, cuando se hartó de los gritos y los palos que le daba su marido, optó por denunciarle a la Justicia.

El consiguiente juicio se complicó con ciertas declaraciones maliciosas de algunos testigos, que afirmaban que Nicanor aguaba el vino y ejercía, con perjuicio para todos, su oficio de tabernero. Incluso salieron historias pasadas, que hablaban de que dos parroquianos de la taberna habían enfermado y fallecido, por tomar alimentos en mal estado, en su establecimiento.
Los jueces concluyeron declarando culpable a Nicanor y condenándole a destierro durante dos años.
Sin tener otro sitio dónde ir, Nicanor decidió partir para Orán, donde tenía parientes. Arrepentido, rogó a Fotina que no le abandonase y marchase con él. La amaba y no quería perderla. Le juró que jamás volvería a levantarle la mano.
–Por favor, Fotina, te necesito, no me abandones ahora. Ven conmigo-.

Al cabo de una semana, Nicanor y Fotina tomaron un carruaje que les llevó hasta el puerto de Cartagena, donde embarcaron rumbo a Orán.
Ambos dejaban atrás su ciudad, sus gentes, su casa y su negocio. Ella además, dejaba en Murcia algo que no sabía muy bien como definir. Un sentimiento extraño en su interior, cada vez que se acordaba del maestro escultor.

Llevaba bastante tiempo sin pisar la taberna de Nicanor y sin ver a Fotina. Las miradas que le dedicaban los parroquianos y el propio dueño, le disuadieron de continuar visitando la taberna y dejó de ir por allí.
Una tarde, que tuvo que ir al Carmen a resolver un asunto de cobro de dineros, al pasar vio la taberna cerrada. Preguntó a unas vecinas que lavaban la ropa en el lavadero, junto a la acequia y le dijeron que sus dueños habían tenido que cerrar la taberna y marcharse fuera de Murcia, -a tierras de moros- le dijeron, pero no sabían exactamente adónde.
Se quedó consternado por la noticia. Ella se había ido, y sin despedirse siquiera. Estaba claro que tenía que ocurrir. Había osado acercarse demasiado a una mujer casada, y su error lo pagaba así de caro.

Con un intenso y amargo dolor en su corazón, intentó olvidar a la bella Fotina. Pero, por más esfuerzos que hacía, era de tal intensidad el sentimiento que persistía en su interior, que no lo lograba. A pesar de su desazón, se entregó en cuerpo y alma a realizar los numerosos encargos que llegaban a su taller de escultura hasta que, pasados algunos años, Roque López conoció a una mujer que le hizo olvidar casi por completo a su añorada tabernera y, a los pocos meses de haberla conocido, contraía matrimonio en la iglesia de San Pedro, con Lucía Hernández.

Al cabo de cierto tiempo recibió una visita de algunos mayordomos de la Cofradía de la Sangre. Venían con la intención de encargarle la realización de un nuevo paso, para su procesión de Miércoles Santo.
-Queremos que nos hagáis un paso de La Samaritana, como el que hizo vuestro maestro Salzillo para Cartagena-.
-Muy bien caballeros, no hay ningún problema. ¿Os parece bien que ajustemos la obra en 1.200 reales de vellón?-.
-Nos parece un precio algo caro, pero confiamos en vuestro buen hacer. Eso sí, ha de estar acabado para la Semana Santa del próximo año 1.799-.
-Así se hará-.

No le costó excesivo esfuerzo lograr la dulce expresión, que buscaba para el rostro de Jesús. Pero la cara de la mujer de Samaria se le resistía más de lo que esperaba. Le hubiera sido sencillo hacer una copia del rostro de la Samaritana, de Salzillo. Un breve viaje a Cartagena le hubiese bastado para ello. Pero pretendía crear una imagen con personalidad propia.
Cierto día, ojeando su libro Santoral, leyó algo en lo que no había reparado antes y que le dejó helado: De acuerdo con el Martirologio Romano, "Fotina, la samaritana, sus hijos, José y Víctor, el oficial del ejército, Sebastián, Anatolio, Fotio, las hermanas Fotis, Parasceve y Ciríaca, todos confesaron a Cristo y alcanzaron el martirio". La historia, conservada por los griegos, es puramente legendaria, afirma que Fotina fue la samaritana con quien habló Nuestro Señor en el Pozo. Tras de predicar el Evangelio en varios lugares, llegó a Carthagonova, donde murió después de sufrir tres años de prisión por la fe.
¡Menuda sorpresa se había llevado! La mujer de Samaria se llamó como su recordada Fotina….  ¡¡Ya tenía la cara que andaba buscando!! Rebuscó en lo más profundo de sus adormecidos recuerdos, y allí encontró el rostro de la bella tabernera. Y, después de tantos meses sin lograrlo, en una sola noche, a solas en su taller talló la imagen de la hermosa Samaritana.
El mejor recuerdo que tendría de la mujer que en otro tiempo amó en secreto, sería esa imagen que acababa de tallar y que, desde el próximo Miércoles Santo en adelante, abriría la procesión de la Sangre.

Los siguientes ocho años fueron de felicidad y prosperidad para el hogar de Roque y Lucía. Pero nada en la vida es eterno y así, en 1807 Lucía sufrió un grave accidente, al ser arrollada por unas caballerías que corrían sueltas y desbocadas por las calles de Murcia. A resultas de las graves heridas sufridas, falleció a las pocas semanas, dejando a su esposo viudo y sumido de nuevo en la más amarga y triste soledad.

Un día de Miércoles Santo, un año más tarde, Roque López salió de su casa después del almuerzo. Cruzó el puente sobre el Segura y fue caminando por la Alameda, repleta de gentes de la huerta que habían venido hasta el Carmen, para ver salir la procesión de la Sangre. Al pasar junto a la vieja taberna, le sorprendió verla abierta después de tantos años cerrada. Como aún no eran las tres de la tarde -hora fijada de salida de la procesión- se asomó a ver quién había dentro. Lo que vio al entrar hizo que su corazón saltase de gozo dentro de su pecho. Ella estaba allí. Bella como siempre, a pesar de los años pasados, Fotina había regresado a Murcia. El reencuentro les alegró a ambos. Ella le contó que Nicanor, su esposo, había muerto en Orán, víctima de unas fiebres malignas y, sin nada ni nadie que la atase allí, decidió volver a su tierra, a su ciudad, a su casa, a donde había llegado hacía tan sólo unos pocos días.
-Y. ¿qué os ha traído por aquí, caballero? ¿Venís a ver la procesión? Mucha gente ha venido a lo mismo. Mirad cómo está la Alameda-.
-Pues he venido a…. Escuchad. Ya se oyen campanillas, tambores y bocinas. La procesión ha comenzado. Venid afuera y veréis lo que me ha traído por aquí-.
Salieron a la calle y Roque López señaló hacia el paso que, en ese momento era detenido justo frente a la taberna.
-Mirad Fotina…. A ver esto vine-.
-¡Oh!...  ¡Pero, si soy yo!.... ¿Hicisteis vos estas imágenes?….  ¿Copiasteis vos mi rostro?….  ¿pero, cómo pudisteis hacerlo, si yo no me encontraba presente?-
-Ay, mi querida Fotina. Miré dentro de mi corazón y de mis manos salió esa imagen... de mis manos saliste tú-.

Transcurridos pocos meses, Roque y Fotina contrajeron matrimonio. Pero, tras pasar tres felices años juntos, el destino no quiso mostrarse demasiado propicio para con los dos enamorados, cerniéndose de nuevo la desgracia sobre el hogar de Roque López. Y así, en 1.811 Fotina falleció, víctima de la grave epidemia de fiebre amarilla, que se desató en Murcia ese año. A las pocas semanas, inmerso en la mayor de las tristezas y consumido por la fiebre, también murió D. Roque López.
Pero nos dejó para siempre, en la imagen de La Samaritana, el bellísimo rostro de su esposa Fotina, la tabernera del Carmen.

LA ILUSIÓN


La primavera murciana ya huele a azahar y, en las alboradas, ya se escuchan por los senderos de la huerta, a los “Auroros” cantando los “Mayos”.
En pleno mes de las flores, en el taller de la calle de las Palmas, en el barrio de Santa Catalina, están de fiesta y celebración. Al maestro napolitano, que ya tenía una hija, le acaba de nacer su primer varón, su heredero, el que continuará el oficio de su padre.
Vicente está satisfecho. Ya se imagina a su hijo ayudándole y aprendiendo en el taller familiar. Ya ve en su imaginación la primera obra salida de sus pequeñas manos.
Pero antes hay que preocuparse de otros menesteres. El niño deberá tener una buena educación, de manera que habrá que pensar en darle estudios. Y eso es costoso. Vicente deberá dejar de dormir algunas noches. Trabajará hasta muy tarde llevando a cabo los encargos que le van llegando a su taller. Desde luego que lo hará. Su hijo, su heredero seguirá el mismo oficio que él lleva tan dentro, ese oficio que aprendió en la lejana Roma y que perfeccionó en Nápoles. ¡Ah! ¡Qué hermoso sería volver algún día a su querida tierra natal! Su hijo estudiaría en las mejores academias de Nápoles y Florencia. Y después iría a Roma, donde se consagraría y saltaría a la fama. ¡Qué bella es la fama! Esa fama que, desgraciadamente, tan sólo ha conocido a medias. En España, apenas es conocido. Tan sólo en Murcia se le conoce algo. Y, ¿quién no es conocido en Murcia? Es una ciudad tan pequeña…
Pero, Vicente ha de despertar de su bella ensoñación. Ni volverán a Italia, ni su hijo estudiará en Nápoles ni en Florencia. Lo hará en Murcia, donde irá a un colegio en el que completar su educación. Y su futuro oficio se lo enseñará él mismo en su propio taller.  Y, ¿quién sabe?, a lo mejor su hijo se hace famoso desde esta bella tierra murciana. Sí, ya se está imaginando las iglesias de Murcia y de otros pueblos cercanos, plagadas de imágenes salidas de las manos de su hijo. ¡Sí! ¡Su hijo será escultor!

Ahora hay que preparar el bautizo del niño. Su amigo, el párroco de Santa Catalina ha venido a ver al pequeño y a hablar sobre su bautizo.
-Sí, Padre. El bautizo será el día 12 de Mayo-. 
-Y, ¿cómo vas a llamarle? ¿Vicente Nicolás, como tú?
- No, Padre. Mi hijo se llamará Francisco.


Ha pasado el tiempo. El pequeño Francisco acaba de cumplir los 5 años. Desde muy pequeño, ya correteaba por el taller de su padre. Un día, Vicente cogió al niño en brazos y le puso ante la imagen de un Crucificado que estaba esculpiendo. Cuando el niño vio de cerca aquel rostro ensangrentado, con esa barba y esos largos cabellos, se asustó y rompió a llorar. En cuanto su padre le bajó al suelo, el niño escapó corriendo y subió hasta donde estaba Isabel, su madre. Le dijo que su padre tenía un “hombre muy feo” abajo, en el taller. La madre, comprensiva, le consoló y pasó a explicarle quién era ese “hombre feo”. Le dijo que tan sólo era una imagen de madera, que no era de verdad, pero que hacía mucho tiempo, existió un hombre como Él, a quien mataron por ser bueno. También le dijo que tenía que acostumbrarse a ese “hombre feo” porque, cuando fuese mayor tendría que aprender a hacer imágenes suyas, y tendría que hacerlas mejor aún que las que hacía su padre.
A pesar de su corta edad, el niño pareció comprenderlo todo, pero le dijo a su madre que él no quería hacer caras feas llenas de sangre. Él quería conocer a ese Hombre Bueno a quien mataron, pero no a uno de madera, sino al de verdad.
Calló su madre, y se quedó largo rato contemplado a su hijo, con un brillo de satisfacción en la mirada y una leve sonrisa complacida mientras, Francisco, su Paquico, ya tranquilo jugaba.
Ella, al igual que le acababa de decir su pequeño, tampoco quería que su hijo fuese escultor. No quería que anduviese todo el día lleno de virutas de madera y serrín, oliendo a barniz y a laca, y con los vestidos manchados de pintura. Ella quería que su hijo fuese fraile religioso o sacerdote.
Por la noche contó a su esposo lo sucedido y la respuesta que le había dado el niño.
-Tonterías- respondió Vicente. –Será escultor porque así debe de ser. Y será mucho mejor que yo. Además, es aún muy pequeño para saber lo que le gusta y lo que no. Cuando le enseñe a tallar figuras, ya verás como cambia de opinión-.
Isabel asintió y calló. No le dijo a su esposo que ella también prefería que su hijo fuese religioso. Se dijo que, si a su Paquico de verdad le tiraban los hábitos, ya se lo plantearía a su padre cuando fuese mayor. Y estaba segura de que su esposo aceptaría esa decisión de su hijo. Era un hombre bueno y comprensivo, aunque estaba tan enamorado de su oficio, que se cegaba un poco y sólo deseaba que su hijo sintiese lo mismo que él sentía, cuando de sus manos salía una talla de Jesús o de la Virgen.

Cuando Francisco cumplió los diez años, una mañana, su padre le llevó al Colegio de la Anunciata, regido por los Jesuitas, donde tenía buenos amigos. Allí contrató la enseñanza de su hijo, acordando que estudiase principalmente arte, matemáticas y filosofía.
Después se encaminó hasta el taller de su amigo, el clérigo-pintor Manuel Sánchez, con quien concertó el aprendizaje de su hijo en el arte del dibujo y del colorido. El arte de la talla y la escultura se la enseñaría él mismo en su taller.
Así, durante varios años, el pequeño Francisco alternó los lápices y pinceles con la gubia y el cincel. Asimismo, por sus manos pasaron numerosos textos de Pitágoras, Leonardo da Vinci, San Agustín, Santo Tomás de Aquino, así como grabados de obras de Donatello, Bernini y Miguel Ángel, entre otros.
Pero cuando más disfrutaba era al llegar la noche. Entonces, en la soledad de su cuarto encendía una vela y devoraba páginas y páginas de libros religiosos que le prestaban sus profesores. Y, por supuesto, también leía y releía su tesoro más preciado: una Santa Biblia que le regaló su madre el día de su santo. Leyendo las escenas de la Pasión, veía cobrando vida en su mente, las imágenes que su padre tallaba.
Cada vez estaba más decidido. No olvidaba las palabras que dijo a su madre aquella tarde, cuando era más niño: “Madre, yo no quiero hacer caras feas llenas de sangre. Yo quiero conocer a ese hombre bueno a quien mataron, pero al de verdad”.

En efecto, tenía decidido que quería ser fraile. Pero, ¿lo sería algún día? Su padre no sabía nada de esto. Y cuando se enterase, seguro que intentaría sacarle esa idea de su cabeza: -¿Cómo dices? ¿Qué quieres ser fraile? ¿Olvidas cuál es el oficio de tu padre y todo lo que te he enseñado? ¡De ninguna manera! ¡Tú serás algún día el mejor escultor de España!-
Sí, seguro que se enfadaría…
Mientras estas cavilaciones le consumían horas y horas, sin encontrar una solución a su dilema, día tras día iban aumentando sus conocimientos. Aprovechaba bien el tiempo en el Colegio de la Anunciata, donde se convirtió en un alumno aventajado. Luego, en el taller de don Manuel Sánchez aprendía a dibujar, llegando incluso a superar a su maestro… el pobre tan sólo era un mediocre dibujante.
Muy a su pesar, aprendió a utilizar las herramientas de escultor, a manejar los pesados troncos de madera, a desbastarla, a “sacar los puntos”, a cincelar, a esculpir y, finalmente, a estofar y policromar, todo ello bajo la atenta mirada de su padre, a quien no podía engañar.
Pero Vicente observó que su hijo evitaba la mirada directa a los ojos de sus imágenes. No podía comprender el miedo de su hijo hacia aquellos Cristos y Vírgenes. Aquellas figuras que, salidas de sus manos, eran el fruto de su arte y del amor que volcaba al realizarlas.
Cuando Vicente consideró que ya estaba lo suficientemente preparado, encargó a su hijo que tallase su primera pequeña imagen. Al cabo de varios días de trabajo oculto, Francisco mostró a su padre la figura de un pequeño Crucificado. La desilusión de su padre al ver la imagen fue grande. Técnicamente hablando no estaba mal, pero lo que realmente decepcionó a Vicente fue el hecho de que a la imagen le faltaba “amor” en su realización. Le faltaba espíritu. Le faltaba ese soplo de vida que sólo lo otorga el cariño hacia las cosas que se hacen. Y ese pequeño Crucificado estaba hecho sin cariño.
Isabel intentó defender a Francisco, argumentando que era la primera imagen que hacía y era lógico que le faltase algo. Pero ella sabía muy bien por qué la figura no tenía vida. Se lo había dicho su propio hijo: -Madre, yo no puedo dar vida a un pedazo de madera. Vida sólo la tiene el que está allá arriba, en el Cielo-.

Vicente no volvió a insistir con Francisco. Le dijo que si alguna vez llegase a sentirse interesado por la escultura, ya sabía dónde se encontraba el taller. Y a continuación, volvió su mirada hacia su siguiente hijo, José Antonio, a quien intentó inculcar lo que Francisco rechazaba.
Ante el enfado de su padre, Francisco intentó compensarle de su decepción, acudiendo con mayor frecuencia al taller familiar donde, bajo la aparentemente ignorada mirada de su padre, fue perfeccionando su técnica escultórica día tras día.
Pero Francisco no había olvidado su inicial vocación religiosa. Lo que hacía en el taller por las tardes, era simplemente perfeccionar el oficio de escultor, tal y como quería su padre. Su madre le dijo un día que, el ser escultor no estaba reñido con ser fraile. ¡Qué buena era su madre! Siempre encontraba solución para todo. De manera que, siguiendo su consejo, encontró el medio de complacer a su padre, sin dejar de complacer sus propios deseos.

Cuando Francisco cumplió los dieciocho años, planteó decididamente a su padre su firme propósito de ordenarse como religioso. Vicente, contrariamente a lo que Francisco temía, no se enfadó.  –Francisco: eres ya casi un hombre. Todo cuanto sé te lo he enseñado. Mucho me costó, pero finalmente, aunque aún te queda un largo camino que recorrer, has llegado a aprender lo básico del oficio de escultor. Dices que quieres ser fraile. ¡Sea! Si eso es lo que quieres, serás fraile-.
Francisco agradeció a su padre las palabras que acababa de decir. Su sueño estaba a un paso de verse hecho realidad. Pero no por ello podía olvidar los esfuerzos de su padre: –Os prometo, padre, que nunca olvidaré lo que me habéis enseñado. En el noviciado practicaré y mejoraré mucho mi estilo. Ya veréis como sí. Y llegaré a ser un buen escultor, sin dejar de ser fraile. No seré el primero que así lo haga, y vos lo sabéis-.
Al día siguiente, acompañado de sus padres, Francisco fue al convento de los Dominicos, y allí ingresó como novicio.
En el verano de 1727 murió Vicente Nicolás Salzillo y Gallo. Francisco, su hijo, tenía tan sólo veinte años.
 Después del entierro en el Convento de Capuchinas, Isabel, su viuda, convocó una reunión en la casa familiar. Allí estaban, junto a ella, sus seis hijos: Teresa, Francisco, José Antonio, Inés, Patricio y Francisca. Isabel les comunicó lo último que le dijo su padre antes de morir: -Isabel, mantén a la familia unida y que no se cierre el taller. Francisco desde su noviciado y José Antonio desde casa podrán hacer frente a los encargos y encomiendas-.

Francisco, como el mayor de los varones de la familia, se mostró de acuerdo con la última voluntad de su padre. Pero su sentido de la responsabilidad le indujo a renunciar al mayor deseo de su vida: profesar como religioso de la Orden de los Dominicos. Así que lo tenía ya decidido. Dejaría el noviciado y se pondría al frente del taller familiar.
Sus hermanos no estaban de acuerdo con su renuncia a su mayor ilusión, pero Francisco estaba resuelto:
-Nuestro padre siempre quiso que yo llegase a convertirme en el mejor escultor de España. Toda su vida luchó por conseguirlo, pero yo me opuse a sus deseos. Ahora, padre ha muerto, quién sabe si para conseguir con su muerte, lo que no pudo lograr en vida. No permitiré que su sacrificio haya sido en vano. Yo también me sacrificaré, abandonando mi carrera religiosa. Desde el Cielo, nuestro padre se sentirá orgulloso viendo como su hijo se convierte en el mejor escultor de España. Me dedicaré plenamente al oficio de escultor y haré que nuestro apellido, Salzillo, el apellido de nuestro padre, sea conocido en todo el mundo. Haré obras que perdurarán por los siglos, y llevaré el nombre de nuestro padre a las alturas de la Gloria-.

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Y así fue. Realizó obras grandiosas. Obras que hoy podemos ver, disfrutar y admirar. Obras que han trascendido a todo el mundo y que han hecho que su ciudad natal, Murcia, sea famosa a través de su nombre.
Pero, aunque nunca volvió a mencionarlo a nadie, en su interior siempre estuvo oculta una ilusión que se vio truncada de forma voluntaria, tras la muerte de su padre. La ilusión de ser religioso…… Su ilusión…….


martes, 21 de febrero de 2012

LA ÚLTIMA PROCESIÓN

Llevaba cuatro días en los que no se encontraba nada bien. Dormía mucho, pero no conseguía descansar. Ese maldito dolor de cabeza que no se le iba…..  Y no sólo era la cabeza. Sentía además una sensación de malestar general, de vértigos, mareos…. No sabía definir bien lo que le pasaba, pero –me siento raro “leches”-. -Nada, nada, que te estás haciendo viejo Juan- se decía -Tendrás que ir al médico a ver que te pasa-.

     Después de un invierno que había sido especialmente frío, la primavera, aunque tímidamente, ya se había instalado en Murcia. Volvía ese tiempo en que los días se van alargando más. En que el ambiente se impregna del embriagador aroma del azahar y del jazmín. La Semana Santa ya había empezado. Todo un largo año de espera y por fin, Juan volvería a cumplir con la tradición de llevar sobre sus hombros a “su” Cristo de la Preciosísima Sangre. Su padre le contaba que, ya su tatarabuelo había ocupado un puesto en la tarima del Cristo y así, había pasado de generación en generación. Su padre le había cedido el puesto al jubilarse. Y ya su hijo se estaba haciendo la túnica para el año próximo, en que saldría de reserva. Así se lo había prometido su amigo el Cabo de Andas.  -¿Dónde habré puesto yo la carta que me llegó de la Archicofradía? Dentro puse la “contraseña” y el carnet. Seguramente lo debe haber guardado la Teresa en el cajón de la cómoda-.

-Pero oye, de verdad que no me encuentro nada bien, ¿eh?-

Entre sueños le había parecido escuchar a su mujer decir, entre sollozos a su hijo, que este año su padre no iba a poder salir en la procesión. -¡Y una leche! A la mínima que pueda dar dos pasos seguidos yo me voy al Carmen y saco a mi Cristo ¡faltaría más!-.

Era el día 23 de Marzo, Miércoles Santo.

Se despertó sobresaltado después del ratico de siesta que se había echado. Miró el reloj. Las cinco y media de la tarde. -¡Madre mía, qué tarde es ya!-  Llamó a su mujer, pero no obtuvo respuesta. Miró por la casa y no vio a nadie. –Pero, ¿dónde está todo el mundo? ¿Y la Teresa? ¡¡Que me tiene que vestir de nazareno, hombre, y mira la hora que es ya!!  Y, al pasar por el recibidor, por el rabillo del ojo se vio fugazmente reflejado en el espejo que allí había. -¡Cagüen! ¿Será posible? ¡Pero si ya estoy vestido de nazareno! Me dormí en el sofá con la túnica puesta. ¿Dónde tendré la cabeza que ni acordarme siquiera de que ya me había vestido la Teresa? Y se conoce que se han ido ya todos a coger sillas. Joé, pues me podrían haber despertado antes de irse-. Mira que si al final se hubiese hecho realidad esa pesadilla que le perseguía a veces. Esa pesadilla en la que se le hacía tarde para llegar a la iglesia y se veía corriendo hacia el Carmen, con la procesión ya saliendo y su paso en Camachos, iniciando ya la subida del Puente.
Sin más dilación, cogió el capuz y el estante con la almohadilla atada a él y salió hacia el barrio del Carmen.

De camino a la iglesia iba viendo cientos de otros nazarenos como él. Mayordomos, estantes, penitentes, niños, todos se encaminaban hacia el Carmen. Este año, Juan había hecho promesa de guardar silencio desde que saliese de su casa, así que, a pesar de ver algunos rostros conocidos, no habló con nadie, y tan sólo un leve movimiento de cabeza, acompañado de una sonrisa hicieron las veces de saludo.
Llegó al Carmen, entró a la iglesia –esto sí que es raro, este año no me han pedido la contraseña al entrar- y se dirigió a su Cristo. Como tenía por costumbre, mirándole de frente, le rezó un Padrenuestro. Después “amarró”. Le gustaba caminar por la iglesia en esos momentos previos a la procesión. En esos instantes en los que, dentro del Carmen sólo hay nazarenos. Y repitió la tradicional visita que hacía siempre a todos los pasos.
Como no podía ver la procesión, esa visita a los diez pasos de la Archicofradía, con sus candelabros de cera ya encendida, con las tarimas adornadas de radiantes flores, listos para iniciar el desfile, constituía su procesión particular.

Ahí estaba La Samaritana, guapa como siempre, conversando con Jesús, que parecía pedirle agua, sentado a la sombra del olivo. Este paso le gustaba mucho, porque le recordaba un poco la casa de su abuelo, en la huerta de Patiño, con el pozo de agua fresca, a la sombra de la morera. Bueno, aquí había un olivo en vez de una morera, pero daba lo mismo.

Jesús en Casa de Lázaro, con María de rodillas, ensimismada, absorta, escuchando al Maestro, mientras Marta, en pie, colocando un pan sobre la mesa, parecía protestar a Jesús por la actitud indolente de su hermana mientras ella se tenía que ocupar de todo. Casi divertido, Lázaro, apoyado sobre la mesa, asistía en silencio a la escena familiar y entrañable.

El Lavatorio le tenía “quitao el sentío”, como decía Pepe, su amigo sevillano. Cada año le maravillaba más este paso. Con ese San Pedro humillado ante Jesús que, con un gesto que irradiaba Majestad, le detenía para ser Él quien lavase los pies a todos. ¿Y ese San Juan quitándose la sandalia? ¿Y el resto de apóstoles conversando entre sí?    -Es una maravilla. Y menuda mole de paso- se dijo a si mismo. -Lo que debe pesar el jodío-.

La Negación, con el San Pedro, obra de Bussy, arrepentido tras negar por tres veces a su Maestro, quien le dirige una mirada de tristeza y perdón, mientras el hermoso gallo se encarga de recordarle a Pedro las palabras de Jesús: “Antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces”.

-Me pregunto de dónde habrán sacado esa hermosa mata de habas para el Berrugo, que mira que con los fríos que han hecho este invierno…..- Pero ahí estaba el travieso personajillo, “robando” las habas al pie del balcón de Pilato, quien muestra al pueblo a Jesús, obra de Bussy, azotado, maltratado, coronado de espinas y cubierto con el manto rojo, con esa trágica mirada agónica y plena de dolor.

-A este crío un día me lo como, de verdad que me lo como-. Le gustaba ir de vez en cuando al Museo para ver de cerca al encantador niño de Las Hijas de Jerusalén. Y ahí estaba, un año más, tendiendo su manita hacia Jesús que, semicaído bajo el peso de la cruz, se dirigía a las llorosas mujeres, diciéndoles “Hijas de Jerusalén: no lloréis por mí, llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos”.

Cada vez que veía el Cristo de las Penas le daba un vuelco el estómago. Esa cara de saña del sayón que tira de la cuerda atada al cuello de Jesús… Ese gesto de maldad del romano, espada en mano, señalando hacia la cruz tendida en el suelo….  Y esa actitud sumisa y doliente de Cristo, tambaleándose, dando unos pocos pasos hacia su cruel destino….El rostro de Jesús le embargaba. Verdaderamente, esa expresión de Dolor y de Pena hacía honor a su nombre.

El fiel San Juan… Con ese andar recogiéndose la túnica. Con esa mirada melancólica dirigida al horizonte, donde divisa a su Maestro caminando hacia el Calvario, cargado con su cruz.  -Nene, que cumples cien años…. ¡Felicidades!-.

Todos los años se repetía la misma escena. No podía dejar a la Virgen que llorase ella sola y, siempre que se detenía frente a la Dolorosa, se echaba a llorar con Ella. Después, cuando se serenaba, le rezaba una Salve. Y luego conversaba en silencio con ella. -¡Qué guapa estás Dolores! ¡Si pudiera subía hasta el trono para que me estrechases entre tus brazos!-.

Y volvió hasta su Cristo de la Sangre.

Aún recordaba cuando, de niño, su abuela le llevaba a ver la procesión y él le preguntaba que por qué llevaba los pies desclavados de la Cruz. Su abuela le contestaba que caminaba hacia todos los hombres para darles su Sangre y salvarles de sus pecados.

Pero cuando creció leyó en un libro que, en realidad el Cristo de la Sangre no caminaba, sino que era una representación del Lagar Místico, y lo que hacía era pisar el fruto de la vid en el lagar, cuya prensa era la Cruz, cuyo fruto era el propio Cuerpo de Jesús, y que el mosto obtenido al prensar su cuerpo, era la Sangre de Cristo, salvadora y redentora de los hombres.
-Una verdadera lección de Teología la que nos legó Nicolás de Bussy en 1.693- solía decir a los conocidos forasteros, a los que mostraba “su” Cristo cuando venían de visita a Murcia.

Un revuelo de nazarenos le hizo abandonar su mundo de ensueños y recuerdos y le hizo volver a la realidad. Les tocaba salir ya. Rápidamente, ocupó su puesto en la tarima, a la espera de las órdenes del cabo de andas.
Se escuchó un golpe del estante contra el frontal del paso –Atentos, que nos vamos- y, enseguida, un segundo toque -¡vámonos!-
Y el Cristo comenzó a moverse hacia la puerta de la iglesia, saliendo a la calle entre el voltear de campanas del Carmen.


Desde hacía unos cuantos años, el paso del Cristo de la Sangre se había envuelto en un gran misticismo y solemnidad en su caminar por las calles de Murcia. La iluminación de cera, la prohibición que tenían los estantes de entregar caramelos al público -que poco me gustó en su día esa decisión de la Junta, pero ¡cuánto me gusta ahora!-, el palio de respeto, la hermandad de promesas, la banda de cornetas y tambores…. Todo le confería al Cristo el halo de solemnidad que verdaderamente le corresponde a un Sagrado Titular.

Subieron y bajaron el Puente, abandonando el “Barrio” adentrándose en Murcia.

Durante toda la procesión no le abandonó esa sensación, ese malestar que sentía ya desde hacía cuatro días.
Le dolía muchísimo la cabeza –será el capuz, que me lo habré apretado demasiado-, le dolían las piernas y todo el cuerpo, y sentía mareos y ganas de vomitar.
Tentado estuvo en dos o tres ocasiones de decirle al cabo de andas que no se encontraba bien y que se salía de la procesión.
Pero no lo hizo. Aguantó como buenamente pudo hasta el final.
A la subida del Puente, al regreso, creyó desfallecer. Pero mirando hacia la Sagrada Imagen, sacó fuerzas de donde ya no le quedaban más, y el Cristo subió la cuesta del Puente Viejo de un tirón, como todos los años, con esos pasitos cortos que le saben imprimir sus estantes, para que no marche más deprisa de lo que le permiten sus traspasados y doloridos pies.
Y, al detener el paso en lo alto del Puente, se volvió a cumplir la tradición, y la imagen del Cristo de la Sangre, cuya hermosura quedó fielmente copiada en el cansino Segura, fue llevada por las aguas del río hasta el mar.

Por fin llegaron al Carmen. El cabo de andas ordenó dar la vuelta al trono para que, detenido en la puerta de la iglesia, esperase la llegada de San Juan y de la Virgen Dolorosa.

Entre vahídos, mareos y crueles dolores, Juan aguardó el momento de entrar al Cristo por la Portería del antiguo Convento Carmelita.

Depositaron el trono sobre sus caballetes y respiró profundamente. Estaba al límite de sus fuerzas. No aguantaba más, de manera que cogió un ramillete de claveles rojos del trono, se puso frente al paso y le rezó un último Padrenuestro al Cristo antes de marcharse a casa. Cuando acabó, se santiguó y, dando media vuelta, se dispuso a salir.

En ese momento escuchó una voz –ESPERA-. Miró hacia atrás y no vio que nadie le hablase. Se giró de nuevo para salir a la calle y volvió a escuchar la voz. –NO TE MARCHES JUAN, AGUARDA-. Esta vez estaba seguro. Había escuchado la voz y había dicho su nombre. Volvió a mirar atrás y, al no ver a nadie, miró hacia arriba, a su Cristo. -¿DÓNDE VAS JUAN?-. Era el Cristo de la Sangre quien le hablaba.
Tembloroso, sudando, mareado, le respondió –Me marcho a casa Señor, con la Teresa, que me estará esperando despierta-.
El Cristo de la Sangre volvió a hablarle: -NO JUAN, NO TE MARCHES, PORQUE  DESDE ESTE MISMO MOMENTO, TE QUEDARÁS PARA SIEMPRE A MI LADO-.


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Juan sufrió un gravísimo accidente de tráfico el día 20 de marzo, Domingo de Ramos, cuando se dirigía al Carmen para trasladar los tronos desde el almacén contiguo hasta la iglesia.
Permaneció ingresado en la UCI del hospital durante tres días, en coma profundo e irreversible y, en la noche del Miércoles al Jueves Santo, a las dos de la madrugada, su corazón no aguantó más y se detuvo definitivamente.
Recuerdan las enfermeras que, ese Miércoles Santo, desde las siete de la tarde hasta las dos de la madrugada, en el rostro de Juan estuvo permanentemente dibujada una débil sonrisa.