NO LE HIZO FALTA BASTÓN.
Vestido con su capa, salió sin hacer ruido alguno. No quiso sin embargo marcharse sin pasar primero un momento por el Yiyi -la que era sin duda su segunda casa en momentos de asueto- a practicar su deporte favorito: levantamiento de vidrio en barra fija. Con el estómago más asentado después del chatico de vino se dijo a sí mismo: ¡es la hora! Y hacia la morada del Padre Eterno continuó su camino.
Cuando llegó cerca de la puerta hizo un breve alto en el camino. Se miró de arriba a abajo y comprobó que no iba adecuadamente vestido para el momento. En esto que vio venir revoloteando a unos angelitos que le traían unas vestiduras. Cuando las vio de cerca, comprobó que se trataba de su túnica colorá, su túnica de mayordomo de su querida Archicofradía de la Sangre. Con la ayuda del querubín se quitó la capa y el traje, y se revistió con la túnica, de la que siempre dijo que se trataba de su vestimenta habitual ya que, siendo nazareno todo el año, ese y no otro debería ser su hábito cotidiano.
Una vez correctamente vestido, consideró llegado el momento de entrar en la que habría de ser su casa en adelante. Ya no viviría más en la avenida que llevaba su nombre. Ahora viviría en el Paraíso.
Llegó a la puerta y no vio a nadie allí. Que raro le pareció eso. Sin embargo, aún no había pasado un instante, cuando vio llegar jadeando a un señor mayor, cuya cara le era harto conocida. Era San Pedro, si el San Pedro del paso de la Negación que se aprestaba a abrirle de par en par la puerta. Pasa Carlos -le dijo- estás en tu casa. Y perdona por el pequeño retraso, es que he tenido un incidente con el gallo nuevo que me han traído, que no veas los espolones que tiene y las ganas que me tiene cada vez que pronuncio la palabra NO.
No le hizo falta el bastón para dar sus primeros pasos por el Cielo. El propio San Pedro le llevaba firmemente cogido del brazo, como si fueran dos viejos amigos que se vuelven a encontrar después de un tiempo sin verse y dan un entrañable paseo recordando viejos tiempos.
Con algunas lágrimas en los ojos, preguntó a Pedro. ¿Puedo verla por última vez?. Pedro sabía perfectamente a lo que se refería Carlos. Por supuesto -dijo Pedro- si es tuya. En ese preciso instante, comenzaron a tomar vida una serie de desconocidos personajes que había visto en la lejanía. Así, al pasar junto a un frondoso olivo, vio sentado a su sombra, sobre una roca, nada más y nada menos que a Jesús, conversando con la que reconoció como Fotina, a quien demandaba un trago de agua fresca, recién sacada del pozo. Con una gran sonrisa y un ademán con la cabeza, Jesús le saludó y le dio la bienvenida, mientras, Fotina llenó un vaso con agua fresca y se la ofreció. A Carlos se le antojó mejor un chatico de vino del Yiyi, que era mucho lo que se le venía encima, y así se lo hizo saber a Fotina, pero ella le dijo que tan sólo tenía agua, pero que era fresca y viva. Jesús, pendiente de todo, guiñándole un ojo le dijo: -bebe ese agua, que ahora haré que te traigan ese chatico que deseas-.
Siguió el paseo del brazo de San Pedro hasta llegar a un entrañable hogar. Inmediatamente reconoció la escena y allí, ante Jesús, en el hogar de Lázaro y sus hermanas le hizo entrar San Pedro. Besó las manos de Jesús y Jesús besó las suyas. Mientras, Marta, siempre solícita le escanciaba un vaso del mejor vino de la modesta bodega de su hermano. Bebe Carlos -le dijo Jesús- tu deseo está cumplido. ¿Otro vasico? -le preguntó Lázaro-. ¿Puedo Señor? Pues claro que puedes Carlos, estás en tu casa. Bueno -repuso Carlos- La espuelica y ya está bien.
Casi no le dio tiempo a acabar el trago cuando un grupo de apóstoles le cogieron casi en volandas y le sentaron en un taburete en el que alguien había escrito "Carlos".
Cuando se hubieron sentado todos, vio avanzar hacia él a un hombre con la túnica desceñida y los cabellos desmadejados, totalmente revestido de Majestad. Hola Carlos. Bienvenido. Jesús hizo ademán de agacharse, mientras San Juan le quitaba los blancos zapatos de mayordomo y los calcetines, para recibir el agua que Jesús derramaba sobre sus cansados pies, los cuales parecieron revivir al sentir las manos de Jesús lavándoselos y masajeándoselos.
San Juan le volvió a calzar mientras, San Pedro le ayudaba a incorporarse para continuar su paseo. Llegaron a un patio donde se alzaba una breve columnita, sobre la que había un enorme gallo de poderosos espolones, que aleteó al ver llegar a Pedro. El anciano llevó a Carlos ante Jesús, cuyo entristecido semblante cambió totalmente al verle llegar. Las ataduras que ligaban sus manos cayeron al suelo inmediatamente, para que pudiese estrechar a Carlos entre sus brazos mientras, las lágrimas de San Pedro volvían a rodar por sus arrugadas mejillas.
En esto que vio llegar a San Juan, que venía a sustituir a San Pedro, quien se había quedado inmóvil al oir cantar al gallo.
Del brazo de San Juan llegaron a las inmediaciones de la Torre Antonia, fuertemente guarnecida por fiera soldadesca de Roma. Allí, pudo contemplar entristecido la imagen machacada, castigada, rota, coronada de espinas, de Cristo mientras, Pilato le cubría con la capa roja del escarnio. En la lejanía escuchó -¿A quién queréis que os suelte?- A lo que se aprestó a responder con la mayor potencia de voz que sus pulmones le permitían -A Jesús, a Jesús-. Por las lágrimas y por la mirada de tristeza y resignación que Jesús le dirigió, supo que todo estaba perdido.
Casi cayó al suelo al resbalar en unas cortezas de habas, mientras comenzaron los dos a caminar en pos de Jesús, por la Vía Dolorosa. En esto que vio como Jesús caía bajo el peso de la cruz, mientras, un tierno niño, llorando al ver la escena, buscaba consuelo entre los pliegues de su túnica de mayordomo. Oyó a Jesús decirles a unas mujeres que no llorasen por Él, en el mismo instante en que la mirada de Jesús se cruzaba con la suya y le decía. Tú tampoco llores más, y dile a los tuyos que tampoco lo hagan. La Casa de mi Padre es lugar de alegría y no de tristeza.
Allá, a lo lejos, vio como quitaban al apenado Jesús sus vestiduras y como le tumbaban sobre la cruz para clavarle en ella. No pudo acercarse más, le fallaban las fuerzas, y San Juan había tenido que ausentarse un momento para ir a buscar a María.
Cerró los ojos y, cuando volvió a abrirlos se encontró ante la mejor visión que había tenido nunca. Y mira que había visto cientos de veces esa misma visión. Pero lo que tenía ahora delante no era una imagen de madera. Era el propio Jesús, clavado de manos a la Cruz , con los pies agujereados por los clavos, pisando el fruto de la vid, en el Lagar Místico, mientras de sus Cinco Llagas brotaban torrentes inagotables de Preciosísima Sangre Salvadora. La mirada penetrante de Jesús le hizo comprender que ya nunca más volvería a sentir dolor, que todo lo que de bueno había sembrado durante su larga vida, lo recogía ahora con creces, que estaba SALVADO y en la GLORIA DE DIOS.
En esto vio llegar a San Juan. Venía acompañado por la más bella de las Mujeres. Al llegar los dos donde él se encontraba dijo Juan: -Carlos, aquí tienes a tu Madre-. María le estrechó en sus brazos y, a partir de ese momento, lo único que Carlos volvió a sentir fue PAZ.
(Este cuento fue escrito como homenaje y en honor a la memoria del Presidente y Presidente de Honor que fue, de la Real, Muy Ilustre, Venerable y Antiquísima Archicofradía de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, Don Carlos Valcárcel Mavor Q.E.P.D.)
(Este cuento fue escrito como homenaje y en honor a la memoria del Presidente y Presidente de Honor que fue, de la Real, Muy Ilustre, Venerable y Antiquísima Archicofradía de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, Don Carlos Valcárcel Mavor Q.E.P.D.)

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