LA ILUSIÓN
La primavera murciana ya huele a azahar y, en las alboradas, ya se escuchan por los senderos de la huerta, a los “Auroros” cantando los “Mayos”.
En pleno mes de las flores, en el taller de la calle de las Palmas, en el barrio de Santa Catalina, están de fiesta y celebración. Al maestro napolitano, que ya tenía una hija, le acaba de nacer su primer varón, su heredero, el que continuará el oficio de su padre.
Vicente está satisfecho. Ya se imagina a su hijo ayudándole y aprendiendo en el taller familiar. Ya ve en su imaginación la primera obra salida de sus pequeñas manos.
Pero antes hay que preocuparse de otros menesteres. El niño deberá tener una buena educación, de manera que habrá que pensar en darle estudios. Y eso es costoso. Vicente deberá dejar de dormir algunas noches. Trabajará hasta muy tarde llevando a cabo los encargos que le van llegando a su taller. Desde luego que lo hará. Su hijo, su heredero seguirá el mismo oficio que él lleva tan dentro, ese oficio que aprendió en la lejana Roma y que perfeccionó en Nápoles. ¡Ah! ¡Qué hermoso sería volver algún día a su querida tierra natal! Su hijo estudiaría en las mejores academias de Nápoles y Florencia. Y después iría a Roma, donde se consagraría y saltaría a la fama. ¡Qué bella es la fama! Esa fama que, desgraciadamente, tan sólo ha conocido a medias. En España, apenas es conocido. Tan sólo en Murcia se le conoce algo. Y, ¿quién no es conocido en Murcia? Es una ciudad tan pequeña…
Pero, Vicente ha de despertar de su bella ensoñación. Ni volverán a Italia, ni su hijo estudiará en Nápoles ni en Florencia. Lo hará en Murcia, donde irá a un colegio en el que completar su educación. Y su futuro oficio se lo enseñará él mismo en su propio taller. Y, ¿quién sabe?, a lo mejor su hijo se hace famoso desde esta bella tierra murciana. Sí, ya se está imaginando las iglesias de Murcia y de otros pueblos cercanos, plagadas de imágenes salidas de las manos de su hijo. ¡Sí! ¡Su hijo será escultor!
Ahora hay que preparar el bautizo del niño. Su amigo, el párroco de Santa Catalina ha venido a ver al pequeño y a hablar sobre su bautizo.
-Sí, Padre. El bautizo será el día 12 de Mayo-.
-Y, ¿cómo vas a llamarle? ¿Vicente Nicolás, como tú?
- No, Padre. Mi hijo se llamará Francisco.
Ha pasado el tiempo. El pequeño Francisco acaba de cumplir los 5 años. Desde muy pequeño, ya correteaba por el taller de su padre. Un día, Vicente cogió al niño en brazos y le puso ante la imagen de un Crucificado que estaba esculpiendo. Cuando el niño vio de cerca aquel rostro ensangrentado, con esa barba y esos largos cabellos, se asustó y rompió a llorar. En cuanto su padre le bajó al suelo, el niño escapó corriendo y subió hasta donde estaba Isabel, su madre. Le dijo que su padre tenía un “hombre muy feo” abajo, en el taller. La madre, comprensiva, le consoló y pasó a explicarle quién era ese “hombre feo”. Le dijo que tan sólo era una imagen de madera, que no era de verdad, pero que hacía mucho tiempo, existió un hombre como Él, a quien mataron por ser bueno. También le dijo que tenía que acostumbrarse a ese “hombre feo” porque, cuando fuese mayor tendría que aprender a hacer imágenes suyas, y tendría que hacerlas mejor aún que las que hacía su padre.
A pesar de su corta edad, el niño pareció comprenderlo todo, pero le dijo a su madre que él no quería hacer caras feas llenas de sangre. Él quería conocer a ese Hombre Bueno a quien mataron, pero no a uno de madera, sino al de verdad.
Calló su madre, y se quedó largo rato contemplado a su hijo, con un brillo de satisfacción en la mirada y una leve sonrisa complacida mientras, Francisco, su Paquico, ya tranquilo jugaba.
Ella, al igual que le acababa de decir su pequeño, tampoco quería que su hijo fuese escultor. No quería que anduviese todo el día lleno de virutas de madera y serrín, oliendo a barniz y a laca, y con los vestidos manchados de pintura. Ella quería que su hijo fuese fraile religioso o sacerdote.
Por la noche contó a su esposo lo sucedido y la respuesta que le había dado el niño.
-Tonterías- respondió Vicente. –Será escultor porque así debe de ser. Y será mucho mejor que yo. Además, es aún muy pequeño para saber lo que le gusta y lo que no. Cuando le enseñe a tallar figuras, ya verás como cambia de opinión-.
Isabel asintió y calló. No le dijo a su esposo que ella también prefería que su hijo fuese religioso. Se dijo que, si a su Paquico de verdad le tiraban los hábitos, ya se lo plantearía a su padre cuando fuese mayor. Y estaba segura de que su esposo aceptaría esa decisión de su hijo. Era un hombre bueno y comprensivo, aunque estaba tan enamorado de su oficio, que se cegaba un poco y sólo deseaba que su hijo sintiese lo mismo que él sentía, cuando de sus manos salía una talla de Jesús o de la Virgen.
Cuando Francisco cumplió los diez años, una mañana, su padre le llevó al Colegio de la Anunciata, regido por los Jesuitas, donde tenía buenos amigos. Allí contrató la enseñanza de su hijo, acordando que estudiase principalmente arte, matemáticas y filosofía.
Después se encaminó hasta el taller de su amigo, el clérigo-pintor Manuel Sánchez, con quien concertó el aprendizaje de su hijo en el arte del dibujo y del colorido. El arte de la talla y la escultura se la enseñaría él mismo en su taller.
Así, durante varios años, el pequeño Francisco alternó los lápices y pinceles con la gubia y el cincel. Asimismo, por sus manos pasaron numerosos textos de Pitágoras, Leonardo da Vinci, San Agustín, Santo Tomás de Aquino, así como grabados de obras de Donatello, Bernini y Miguel Ángel, entre otros.
Pero cuando más disfrutaba era al llegar la noche. Entonces, en la soledad de su cuarto encendía una vela y devoraba páginas y páginas de libros religiosos que le prestaban sus profesores. Y, por supuesto, también leía y releía su tesoro más preciado: una Santa Biblia que le regaló su madre el día de su santo. Leyendo las escenas de la Pasión, veía cobrando vida en su mente, las imágenes que su padre tallaba.
Cada vez estaba más decidido. No olvidaba las palabras que dijo a su madre aquella tarde, cuando era más niño: “Madre, yo no quiero hacer caras feas llenas de sangre. Yo quiero conocer a ese hombre bueno a quien mataron, pero al de verdad”.
En efecto, tenía decidido que quería ser fraile. Pero, ¿lo sería algún día? Su padre no sabía nada de esto. Y cuando se enterase, seguro que intentaría sacarle esa idea de su cabeza: -¿Cómo dices? ¿Qué quieres ser fraile? ¿Olvidas cuál es el oficio de tu padre y todo lo que te he enseñado? ¡De ninguna manera! ¡Tú serás algún día el mejor escultor de España!-
Sí, seguro que se enfadaría…
Mientras estas cavilaciones le consumían horas y horas, sin encontrar una solución a su dilema, día tras día iban aumentando sus conocimientos. Aprovechaba bien el tiempo en el Colegio de la Anunciata, donde se convirtió en un alumno aventajado. Luego, en el taller de don Manuel Sánchez aprendía a dibujar, llegando incluso a superar a su maestro… el pobre tan sólo era un mediocre dibujante.
Muy a su pesar, aprendió a utilizar las herramientas de escultor, a manejar los pesados troncos de madera, a desbastarla, a “sacar los puntos”, a cincelar, a esculpir y, finalmente, a estofar y policromar, todo ello bajo la atenta mirada de su padre, a quien no podía engañar.
Pero Vicente observó que su hijo evitaba la mirada directa a los ojos de sus imágenes. No podía comprender el miedo de su hijo hacia aquellos Cristos y Vírgenes. Aquellas figuras que, salidas de sus manos, eran el fruto de su arte y del amor que volcaba al realizarlas.
Cuando Vicente consideró que ya estaba lo suficientemente preparado, encargó a su hijo que tallase su primera pequeña imagen. Al cabo de varios días de trabajo oculto, Francisco mostró a su padre la figura de un pequeño Crucificado. La desilusión de su padre al ver la imagen fue grande. Técnicamente hablando no estaba mal, pero lo que realmente decepcionó a Vicente fue el hecho de que a la imagen le faltaba “amor” en su realización. Le faltaba espíritu. Le faltaba ese soplo de vida que sólo lo otorga el cariño hacia las cosas que se hacen. Y ese pequeño Crucificado estaba hecho sin cariño.
Isabel intentó defender a Francisco, argumentando que era la primera imagen que hacía y era lógico que le faltase algo. Pero ella sabía muy bien por qué la figura no tenía vida. Se lo había dicho su propio hijo: -Madre, yo no puedo dar vida a un pedazo de madera. Vida sólo la tiene el que está allá arriba, en el Cielo-.
Vicente no volvió a insistir con Francisco. Le dijo que si alguna vez llegase a sentirse interesado por la escultura, ya sabía dónde se encontraba el taller. Y a continuación, volvió su mirada hacia su siguiente hijo, José Antonio, a quien intentó inculcar lo que Francisco rechazaba.
Ante el enfado de su padre, Francisco intentó compensarle de su decepción, acudiendo con mayor frecuencia al taller familiar donde, bajo la aparentemente ignorada mirada de su padre, fue perfeccionando su técnica escultórica día tras día.
Pero Francisco no había olvidado su inicial vocación religiosa. Lo que hacía en el taller por las tardes, era simplemente perfeccionar el oficio de escultor, tal y como quería su padre. Su madre le dijo un día que, el ser escultor no estaba reñido con ser fraile. ¡Qué buena era su madre! Siempre encontraba solución para todo. De manera que, siguiendo su consejo, encontró el medio de complacer a su padre, sin dejar de complacer sus propios deseos.
Cuando Francisco cumplió los dieciocho años, planteó decididamente a su padre su firme propósito de ordenarse como religioso. Vicente, contrariamente a lo que Francisco temía, no se enfadó. –Francisco: eres ya casi un hombre. Todo cuanto sé te lo he enseñado. Mucho me costó, pero finalmente, aunque aún te queda un largo camino que recorrer, has llegado a aprender lo básico del oficio de escultor. Dices que quieres ser fraile. ¡Sea! Si eso es lo que quieres, serás fraile-.
Francisco agradeció a su padre las palabras que acababa de decir. Su sueño estaba a un paso de verse hecho realidad. Pero no por ello podía olvidar los esfuerzos de su padre: –Os prometo, padre, que nunca olvidaré lo que me habéis enseñado. En el noviciado practicaré y mejoraré mucho mi estilo. Ya veréis como sí. Y llegaré a ser un buen escultor, sin dejar de ser fraile. No seré el primero que así lo haga, y vos lo sabéis-.
Al día siguiente, acompañado de sus padres, Francisco fue al convento de los Dominicos, y allí ingresó como novicio.
En el verano de 1727 murió Vicente Nicolás Salzillo y Gallo. Francisco, su hijo, tenía tan sólo veinte años.
Después del entierro en el Convento de Capuchinas, Isabel, su viuda, convocó una reunión en la casa familiar. Allí estaban, junto a ella, sus seis hijos: Teresa, Francisco, José Antonio, Inés, Patricio y Francisca. Isabel les comunicó lo último que le dijo su padre antes de morir: -Isabel, mantén a la familia unida y que no se cierre el taller. Francisco desde su noviciado y José Antonio desde casa podrán hacer frente a los encargos y encomiendas-.
Francisco, como el mayor de los varones de la familia, se mostró de acuerdo con la última voluntad de su padre. Pero su sentido de la responsabilidad le indujo a renunciar al mayor deseo de su vida: profesar como religioso de la Orden de los Dominicos. Así que lo tenía ya decidido. Dejaría el noviciado y se pondría al frente del taller familiar.
Sus hermanos no estaban de acuerdo con su renuncia a su mayor ilusión, pero Francisco estaba resuelto:
-Nuestro padre siempre quiso que yo llegase a convertirme en el mejor escultor de España. Toda su vida luchó por conseguirlo, pero yo me opuse a sus deseos. Ahora, padre ha muerto, quién sabe si para conseguir con su muerte, lo que no pudo lograr en vida. No permitiré que su sacrificio haya sido en vano. Yo también me sacrificaré, abandonando mi carrera religiosa. Desde el Cielo, nuestro padre se sentirá orgulloso viendo como su hijo se convierte en el mejor escultor de España. Me dedicaré plenamente al oficio de escultor y haré que nuestro apellido, Salzillo, el apellido de nuestro padre, sea conocido en todo el mundo. Haré obras que perdurarán por los siglos, y llevaré el nombre de nuestro padre a las alturas de la Gloria-.
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Y así fue. Realizó obras grandiosas. Obras que hoy podemos ver, disfrutar y admirar. Obras que han trascendido a todo el mundo y que han hecho que su ciudad natal, Murcia, sea famosa a través de su nombre.
Pero, aunque nunca volvió a mencionarlo a nadie, en su interior siempre estuvo oculta una ilusión que se vio truncada de forma voluntaria, tras la muerte de su padre. La ilusión de ser religioso…… Su ilusión…….

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