viernes, 30 de marzo de 2012


EL TORERO

Tras despuntar buenas maneras desde pequeño, su arrollador paso por la escuela de tauromaquia y una meteórica carrera como novillero, el pasado mes de septiembre Currito de Patiño había tomado la alternativa en el coso de La Condomina, durante la Feria Taurina de Murcia, su ciudad natal.
En muy poco tiempo, Currito había convertido en una gran figura en ciernes del toreo español.

Un día, Antonio, un buen amigo suyo le ofreció salir, en la siguiente Semana Santa, cargando el paso de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, que saca la Muy Ilustre y Venerable Cofradía del Santísimo Cristo del Amparo y María Santísima de los Dolores, en su procesión del Viernes de Dolores.
Currito le preguntó que a qué se debía ese ofrecimiento, contestándole su amigo Antonio que el  Nazareno del Gran Poder era popularmente conocido como “el Cristo de los Toreros”, debido a que su trono era llevado en procesión por toreros y otros personajes pertenecientes al mundo de la tauromaquia (periodistas, apoderados, etc.), y que era un honor para un torero murciano el cargar al Cristo en su procesión.
No le hizo a Currito una especial ilusión el ofrecimiento. Nunca le habían gustado las procesiones. De hecho, como había pasado casi toda su infancia fuera de Murcia, no acertaba a recordar si alguna vez había visto alguna procesión de aquí o no.
Sin embargo, para no desairar a su amigo Antonio y también, para no romper la tradición, aceptó salir el siguiente Viernes de Dolores, cargando a hombros al Cristo de los Toreros.

Llegado el Viernes de Dolores, acudió a casa de Antonio, para vestirse allí de nazareno, ayudado por la esposa de aquél, ya que era la primera vez que vestía una túnica nazarena, y no tenía ni idea de cómo se hacía. Una vez los dos vestidos con sus túnicas azules de estantes, salieron caminando hacia la iglesia de San Nicolás.
Debido a su inexperiencia, el Cabo de Andas asignó a Currito un puesto de suplente, advirtiéndole que estuviese pendiente de cualquier hueco que se produjese bajo el paso, para ocuparlo él mientras no regresaba su titular.
Apenas entró a cargar unas pocas veces a lo largo de la procesión. Aquello no despertaba su interés y, encima, cada vez que cargó, como no sabía colocar bien los pies al caminar, se trastabillaba con el nazareno de delante, por no hablar del intenso dolor que sentía en el hombro al cargar el paso.
El final de la procesión le dejó indiferente, prueba de ello era el acusado abultamiento de su sená, que denotaba que ni siquiera se había sentido atraído por la entrega de caramelos, huevos duros y monas a niños y mayores, durante el desfile.
Y, es que, cuando algo no gusta, pues no gusta…


Su carrera en el mundo del toreo era ascendente. Sus tardes de triunfo en diversas plazas le allanaban el camino para convertirse en una gran figura.
Una tarde, después de dar una verdadera lección de toreo, y tras ser premiado con las dos orejas y el rabo, vio como un numeroso grupo de aficionados se dirigía a él para sacarlo de la plaza a hombros. Sin darse apenas cuenta, de repente Currito se vio aupado por un fornido aficionado quien, sin esfuerzo aparente y rodeado por otros muchos aficionados, sacó al torero a hombros por la puerta grande de la plaza. Al depositarle en el suelo, ya en la calle, Currito vio fugazmente el rostro del aficionado que le había sacado a hombros y, por un momento, creyó conocerle de algo. Pero no era posible, nunca había estado en aquella ciudad. En un instante, el mozo dedicó una gran sonrisa al torero y desapareció entre el tumulto de público.

Pasaron varios meses hasta que, una tarde en que había completado una gran faena, al entrar a matar, el toro dio un derrote, con tan mala fortuna que uno de sus pitones se enganchó en su muslo derecho, provocándole una grave herida por la que empezó a sangrar abundantemente.
Mientras los mozos de su cuadrilla alejaban al toro, rápidamente un montón de gente salió al ruedo para trasladar a Currito a la enfermería de la plaza. Un buen mozo de fornidos brazos le sujetó por las axilas, levantándole del suelo y encaminándose hacia la enfermería con una fuerza y decisión arrolladoras, mientras, el torero, semiinconsciente por el estado de shock en el que se encontraba, con los ojos entreabiertos acertó a cruzar su mirada con la del mozo que le sujetaba por las axilas, sintiéndose reconfortado por la expresión de fe y confianza que le transmitieron aquellos desconocidos ojos.
Aunque, a Currito no le resultaron tan desconocidos ya que, de nuevo, volvió a tener la sensación de conocer a esa persona de algo, aunque no acertaba a saber de qué. 

Sanó pronto Currito de sus heridas. Su juventud, su vigor, sus ansias de vivir y… no sabemos si algo más, le hicieron recuperarse en pocos días de su grave cogida.
Cuando regresó a Murcia subió al Santuario de la Fuensanta, a llevarle a nuestra Patrona un gran ramo de rosas y darle las gracias por su pronta y favorable recuperación.
Estando allí, mirando a la cúpula del Santuario vio, entre la multitud de personajes pintados en ella, representando la Romería de la Fuensanta, a unos nazarenos vestidos con sus túnicas blancas, moradas, negras, colorás….  y azules…  y, de pronto se acordó de los nazarenos azules del Amparo y, cómo no, del Cristo de los Toreros.
Enterado de que lo podría encontrar en el Convento de Capuchinas, en el Malecón, hacia allí se dirigió, portando otro gran ramo de rosas. Cuando entró a la pequeña capilla y vio la imagen del Nazareno del Gran Poder, no pudo evitar un sobresalto. Por tercera vez en poco tiempo volvió a tener la sensación de haber visto antes esos ojos. Rápidamente le vino a la cabeza el joven que le había sacado a hombros por la puerta grande y, también el otro mozo que le había levantado del suelo y llevado en volandas a la enfermería, cuando sufrió su reciente grave cogida.
Después de un buen rato rezando ante la imagen, al salir de la capilla, de inmediato supo Currito lo siguiente que tenía que hacer. Llamó a su amigo Antonio y le dijo que quería salir en la procesión del Viernes de Dolores, cargando bajo el Jesús del Gran Poder. –Pero, si el año pasado no te gustó- le contestó Antonio. -Eso fue el año pasado. Este año es distinto- le dijo Currito.  –Bueno, dalo por hecho-, contestó Antonio.

Llegado el Viernes de Dolores, Currito volvió a acudir a casa de Antonio, a vestirse de nazareno y, desde allí partieron ambos hacia San Nicolás. Cuando llegaron a la iglesia, el torero se puso delante del Nazareno del Gran Poder y, mirándole fijamente a los ojos le rezó un sentido Padrenuestro.
Al acabar, sin dejar de mirarle a los ojos, sintió en su interior una voz que parecía salir de los labios de la imagen. Esa voz le preguntaba:  -¿Por qué este año sí, Currito?-.  A lo que el torero le respondió:  -Te lo debía, Señor, porque, tanto en mis momentos buenos, como en los malos, tú siempre estabas ahí para llevarme sobre tus hombros-. 

domingo, 18 de marzo de 2012


EL NIÑO

Tras muchos años dedicándome, incansable, a mi trabajo como escultor e imaginero, hoy me siento ya viejo y noto cómo las fuerzas ya me están abandonando.
Sé que pronto moriré. Y espero poder reunirme con el Padre Eterno. Poder reunirme con el Cristo de la Sangre, cuyos destrozados restos ensamblé pacientemente, hasta conseguir recomponer su Divino Cuerpo. Poder reunirme con el Cristo de los tres Entierros que tallé, uno para Cartagena, otro para Albacete y otro para Murcia. Poder reunirme con el majestuoso Cristo del Lavatorio. Y con tantas otras imágenes de Cristos, Vírgenes y Santos, como he tallado a lo largo de mi vida.

Pronto llegará mi hora. Pero no quiero irme sin antes contaros algo. Quiero compartir con vosotros una historia que me ocurrió hace ya bastantes años y que, aún hoy, me llena de congoja y me hace tener esa Fe ciega en Dios, por la cual espero reunirme pronto con Él.

Sucedió en 1955. Un año antes, la Cofradía de la Preciosísima Sangre de Cristo, que estaba aún recomponiendo su procesión del Miércoles Santo, al estado en que se hallaba antes de la enorme destrucción que sufrió en julio de 1936, me encargó la realización del paso de Las Hijas de Jerusalén, para con él, recuperar el realizado por Baglietto a mediados del siglo XIX, y que fue destruido al principio de la guerra civil.

Todos los que me conocen saben que no me gusta realizar copias de imágenes, de manera que, en mi ánimo nunca estuvo la intención de realizar una copia del destruido paso. Muy al contrario, intenté realizar algo innovador, aún manteniendo el sabor y el espíritu barroco que impregna a la Cofradía por todos lados.

Así pues, concebí un boceto compuesto por 4 imágenes: Jesús, semicaído bajo el peso de la cruz, ayudado por Simón de Cirene, dirigiéndose a dos mujeres de Jerusalén, a las que parece decir que no han de llorar más por Él, sino que lo hagan más bien por ellas mismas y por sus hijos.
Una vez aprobado el proyecto por parte de la Cofradía, me puse manos a la obra y empecé a tallar las cuatro imágenes que, previamente, había dibujado y plasmado en el papel.
Pero conforme iba avanzando en la ejecución de la obra, me iba dando cuenta de que al paso, a la composición le faltaba algo. No sabía qué, pero notaba un vacío, un hueco que no acertaba a saber como llenar.

En los alrededores de mi taller, en la calle Corbalán, solían jugar varios niños. Eran otros tiempos, y no había tanto tráfico de coches como hay hoy en día, por lo que los chavales se pasaban media vida en la calle, jugando y maquinando travesuras sin parar.

Un día, una pelota de trapo se coló en mi taller y, tras ella entró un niño con la intención de recuperarla. Al verme y, al ver aquellas imágenes en las que me encontraba trabajando, se quedó parado en la entrada. Le miré con cara de fingido enfado y le dije: -¿Es que no podéis tener un poco de cuidado, que vais a romper algo? Anda, pasa, coge la pelota y marcharos a jugar a otro sitio-.
El niño, sin decir nada, entró a por la pelota y salió corriendo. Enseguida dejé de escuchar los ruidos que hacía el grupito de pilluelos que jugaban en la calle, por lo que supuse que se habrían marchado a otro lado.

Sin embargo, al cabo de unos pocos minutos, volvió a asomar la carita del niño por la puerta abierta del taller. -¿Otra vez aquí?- le dije. -Ya se han ido a jugar a otro sitio-  me respondió con su vocecita infantil, añadiendo -¿Qué haces? ¿Puedo pasar?-.
Le miré detenidamente. Tendría unos cinco años y vestía una especie de baby, como los que, por aquellos años, llevaban los niños en los colegios. Sus cabellos eran dorados y ensortijados, y sus ojos castaños tenían una mirada profunda y melancólica.
-Pasa- Le dije, y añadí -Pero ten cuidado y no toques nada-. El niño, obediente, pasó y se sentó en un banco de madera, cerca de donde yo estaba tallando una de las mujeres de Jerusalén. Y allí, callado, se quedó mirando, hasta que, al cabo de un largo rato, dijo: -¿Qué estás haciendo?-.  -Un paso para una procesión- dije yo.      -¿Para esa que sale de la iglesia que hay al lado del jardín?- preguntó él.  -Sí, para esa misma- respondí. Pensé que se callaría y que, aburrido de estar allí, se marcharía enseguida en busca de sus amigos. Pero no, el niño no se movió de su sitio, sin quitar su profunda mirada de lo que yo estaba haciendo.
Al cabo de un rato, que se me antojó eterno, volvió a preguntar: -Y, ¿qué paso es?-. Un poco malhumorado por su insistencia en no dejarme trabajar tranquilo, intentando ser tajante en mi respuesta, le respondí: -Se va a llamar Las Hijas de Jerusalén-.
Pero el niño parecía empeñado en amargarme la tarde, porque me volvió a preguntar: -Y, ¿cómo va a ser el paso que estás haciendo?-. Sin mirarle siquiera, con un gesto de la mano le señalé el dibujo que estaba sobre la mesa. El niño se levantó y se dirigió a mi mesa de trabajo, para verlo de cerca. Tras contemplarlo durante un rato, se volvió hacia mí y me dijo: -Le falta algo-. Le miré, entre extrañado y molesto, y le dije: -¿Qué crees que le falta?-. A lo que me repuso: -¿Por qué no haces un niño y lo pones al lado de esas mujeres?-.


No salía de mi asombro. El pequeñajo se permitía, con un descaro tremendo, juzgar mi boceto. Pero es que encima, tenía razón al decir que faltaba algo, tal y como yo mismo notaba que sucedía. Y, no contento con todo ello, no se le ocurría otra cosa al zagal que dar con la tecla, y sugerirme una solución para completar la escena.

Le miré fijamente. Y, mientras lo hacía, veía con sorpresa que ese propio niño podría, perfectamente, servirme de modelo para la imagen del niño, que podría encajar en el paso. De manera que le dije: -¿Te gustaría que el niño que quieres que ponga en el paso, se parezca a ti?-. -Vale- contestó el niño, con su vocecita infantil y despreocupada, mientras salía corriendo del taller. -¡Espera!- le grité -¡Tengo que dibujarte en un papel!-.  Volvió a asomar el niño su carita por el quicio del portón del taller, y dijo: -Mañana vengo, que me llama mi madre-.

Con cierta intranquilidad, por si el niño no volvía más por el taller, intenté dibujar su carita de memoria. Pero, por más veces que lo intentaba, no conseguía dar con la expresión profunda, melancólica y un tanto triste, que salía de sus ojitos. Esa noche recé para que volviese al día siguiente. Esa noche también, dormí con desasosiego, pensando en ese niño tan extraño y tan encantadoramente descarado.

Amaneció el nuevo día y volví a mi taller a seguir trabajando. Toda la mañana la empleé en acabar de tallar la mujer, que había dejado casi terminada la tarde anterior. Y lo hice sin dejar de pensar en el niño, y con la inquietud que me producía la incertidumbre de pensar si volvería a verle o no.

Pero volvió. Cumpliendo su palabra, sobre las cinco de la tarde, mi angelito se dejó caer por el taller. Le recibí con una sonrisa, diciéndole: -Has venido….-, a lo que me repuso –Claro que sí. Ya te dije ayer que vendría. ¿Es verdad que vas a dibujarme? Respondíle: -Claro, necesito dibujarte-. Contestó el niño: -Y, ¿para qué-. A lo que respondí: -Pues, para después poder hacer una imagen como tú, en madera, como la de esta mujer, o la del Señor que está ahí-.  -Ah, vale, pues venga, empieza a dibujarme-.  Respondió con su vocecita infantil y risueña.

Y así, tarde tras tarde, durante varias semanas, el niño, mi niño, mi angelito, venía a visitarme al taller. Primero a posar para el dibujo. Después, cuando empecé a tallar su imagen en madera, para ver como avanzaba mi trabajo, mientras se entretenía jugando con trozos de madera y con un escoplo y un cincel que le enseñé a usar.

Algún tiempo después, una mañana, di la última pincelada a la imagen. -Esta tarde, cuando venga mi angelico se pondrá muy contento al verla terminada-.  Pensé yo.
Y así fue. Todo fue asomar el niño por el taller y ver la imagen acabada, y ponerse a saltar de alegría, gritando -¡Bieeeen! ¡Ya estoy acabado!- para decirme a continuación: -Ahora sí tienes completo el paso-.
Pero, enseguida cambió su semblante y me dijo: -Ya no hará falta que venga más por tu taller-.  Yo le dije: -Claro que puedes venir, pequeño, siempre que quieras. Además, estás aprendiendo muy bien a utilizar las herramientas de escultor. ¿Te gustaría ser escultor como yo, cuando seas mayor?-.

Fijó en mí sus profundos ojos, se puso muy serio y, señalando la cruz que sujetaba la imagen del Cirineo, me respondió: -Cuando sea mayor, llevaré una Cruz como esa en el hombro, y en ella moriré-.  Y, en ese preciso instante, desapareció.


No le volví a ver nunca más. Anduve preguntando por él por casi todo el barrio del Carmen, pero nadie supo decirme dónde vivía, ni su nombre, ni nada de nada. Nadie parecía haberle visto nunca.

Aunque estoy ya viejo, no estoy loco. Sé que ese niño existió. No es producto de mi imaginación, ni lo he soñado. Él estuvo en mi taller posando para mí.

Ahora, que ya estoy próximo al momento de entregar mi espíritu a Dios, tengo la certeza de que, si el Señor quiere que mi alma vaya al Cielo, cuando llegue y asome mi rostro por allí, aquel Niño me estará esperando, con su cabello rubio y ensortijado y, mirándome con sus ojos profundos y melancólicos, extenderá su manita hacia mí y, guiñándome un ojo, me dirá: -Pasa, pero ten cuidado y no toques nada-.