EL TORERO
Tras despuntar buenas maneras desde pequeño, su arrollador paso por la escuela de tauromaquia y una meteórica carrera como novillero, el pasado mes de septiembre Currito de Patiño había tomado la alternativa en el coso de La Condomina, durante la Feria Taurina de Murcia, su ciudad natal.
En muy poco tiempo, Currito había convertido en una gran figura en ciernes del toreo español.
Un día, Antonio, un buen amigo suyo le ofreció salir, en la siguiente Semana Santa, cargando el paso de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, que saca la Muy Ilustre y Venerable Cofradía del Santísimo Cristo del Amparo y María Santísima de los Dolores, en su procesión del Viernes de Dolores.
Currito le preguntó que a qué se debía ese ofrecimiento, contestándole su amigo Antonio que el Nazareno del Gran Poder era popularmente conocido como “el Cristo de los Toreros”, debido a que su trono era llevado en procesión por toreros y otros personajes pertenecientes al mundo de la tauromaquia (periodistas, apoderados, etc.), y que era un honor para un torero murciano el cargar al Cristo en su procesión.
No le hizo a Currito una especial ilusión el ofrecimiento. Nunca le habían gustado las procesiones. De hecho, como había pasado casi toda su infancia fuera de Murcia, no acertaba a recordar si alguna vez había visto alguna procesión de aquí o no.
Sin embargo, para no desairar a su amigo Antonio y también, para no romper la tradición, aceptó salir el siguiente Viernes de Dolores, cargando a hombros al Cristo de los Toreros.
Llegado el Viernes de Dolores, acudió a casa de Antonio, para vestirse allí de nazareno, ayudado por la esposa de aquél, ya que era la primera vez que vestía una túnica nazarena, y no tenía ni idea de cómo se hacía. Una vez los dos vestidos con sus túnicas azules de estantes, salieron caminando hacia la iglesia de San Nicolás.
Debido a su inexperiencia, el Cabo de Andas asignó a Currito un puesto de suplente, advirtiéndole que estuviese pendiente de cualquier hueco que se produjese bajo el paso, para ocuparlo él mientras no regresaba su titular.
Apenas entró a cargar unas pocas veces a lo largo de la procesión. Aquello no despertaba su interés y, encima, cada vez que cargó, como no sabía colocar bien los pies al caminar, se trastabillaba con el nazareno de delante, por no hablar del intenso dolor que sentía en el hombro al cargar el paso.
El final de la procesión le dejó indiferente, prueba de ello era el acusado abultamiento de su sená, que denotaba que ni siquiera se había sentido atraído por la entrega de caramelos, huevos duros y monas a niños y mayores, durante el desfile.
Y, es que, cuando algo no gusta, pues no gusta…
Su carrera en el mundo del toreo era ascendente. Sus tardes de triunfo en diversas plazas le allanaban el camino para convertirse en una gran figura.
Una tarde, después de dar una verdadera lección de toreo, y tras ser premiado con las dos orejas y el rabo, vio como un numeroso grupo de aficionados se dirigía a él para sacarlo de la plaza a hombros. Sin darse apenas cuenta, de repente Currito se vio aupado por un fornido aficionado quien, sin esfuerzo aparente y rodeado por otros muchos aficionados, sacó al torero a hombros por la puerta grande de la plaza. Al depositarle en el suelo, ya en la calle, Currito vio fugazmente el rostro del aficionado que le había sacado a hombros y, por un momento, creyó conocerle de algo. Pero no era posible, nunca había estado en aquella ciudad. En un instante, el mozo dedicó una gran sonrisa al torero y desapareció entre el tumulto de público.
Pasaron varios meses hasta que, una tarde en que había completado una gran faena, al entrar a matar, el toro dio un derrote, con tan mala fortuna que uno de sus pitones se enganchó en su muslo derecho, provocándole una grave herida por la que empezó a sangrar abundantemente.
Mientras los mozos de su cuadrilla alejaban al toro, rápidamente un montón de gente salió al ruedo para trasladar a Currito a la enfermería de la plaza. Un buen mozo de fornidos brazos le sujetó por las axilas, levantándole del suelo y encaminándose hacia la enfermería con una fuerza y decisión arrolladoras, mientras, el torero, semiinconsciente por el estado de shock en el que se encontraba, con los ojos entreabiertos acertó a cruzar su mirada con la del mozo que le sujetaba por las axilas, sintiéndose reconfortado por la expresión de fe y confianza que le transmitieron aquellos desconocidos ojos.
Aunque, a Currito no le resultaron tan desconocidos ya que, de nuevo, volvió a tener la sensación de conocer a esa persona de algo, aunque no acertaba a saber de qué.
Sanó pronto Currito de sus heridas. Su juventud, su vigor, sus ansias de vivir y… no sabemos si algo más, le hicieron recuperarse en pocos días de su grave cogida.
Cuando regresó a Murcia subió al Santuario de la Fuensanta, a llevarle a nuestra Patrona un gran ramo de rosas y darle las gracias por su pronta y favorable recuperación.
Estando allí, mirando a la cúpula del Santuario vio, entre la multitud de personajes pintados en ella, representando la Romería de la Fuensanta, a unos nazarenos vestidos con sus túnicas blancas, moradas, negras, colorás…. y azules… y, de pronto se acordó de los nazarenos azules del Amparo y, cómo no, del Cristo de los Toreros.
Enterado de que lo podría encontrar en el Convento de Capuchinas, en el Malecón, hacia allí se dirigió, portando otro gran ramo de rosas. Cuando entró a la pequeña capilla y vio la imagen del Nazareno del Gran Poder, no pudo evitar un sobresalto. Por tercera vez en poco tiempo volvió a tener la sensación de haber visto antes esos ojos. Rápidamente le vino a la cabeza el joven que le había sacado a hombros por la puerta grande y, también el otro mozo que le había levantado del suelo y llevado en volandas a la enfermería, cuando sufrió su reciente grave cogida.
Después de un buen rato rezando ante la imagen, al salir de la capilla, de inmediato supo Currito lo siguiente que tenía que hacer. Llamó a su amigo Antonio y le dijo que quería salir en la procesión del Viernes de Dolores, cargando bajo el Jesús del Gran Poder. –Pero, si el año pasado no te gustó- le contestó Antonio. -Eso fue el año pasado. Este año es distinto- le dijo Currito. –Bueno, dalo por hecho-, contestó Antonio.
Llegado el Viernes de Dolores, Currito volvió a acudir a casa de Antonio, a vestirse de nazareno y, desde allí partieron ambos hacia San Nicolás. Cuando llegaron a la iglesia, el torero se puso delante del Nazareno del Gran Poder y, mirándole fijamente a los ojos le rezó un sentido Padrenuestro.
Al acabar, sin dejar de mirarle a los ojos, sintió en su interior una voz que parecía salir de los labios de la imagen. Esa voz le preguntaba: -¿Por qué este año sí, Currito?-. A lo que el torero le respondió: -Te lo debía, Señor, porque, tanto en mis momentos buenos, como en los malos, tú siempre estabas ahí para llevarme sobre tus hombros-.



