martes, 3 de abril de 2012


DESDE EL MIRADOR


Paso mis días frente a la iglesia del Carmen pero me veo impedido de entrar a su interior. Es tan duro ver transcurrir mi vida tan cerca y no poder pasar a ver a mi Cristo de la Preciosísima Sangre… No poder nunca postrarme ante Él y rezarle mirándole a los ojos…. No poder entrar nunca al Museo para ver el resto de imágenes, el resto de pasos de la Archicofradía…  Todo ello es algo que me llena de gran tristeza y amargura.

Me tengo que conformar con verlos salir y entrar una vez al año. Durante 364 días espero ansioso a que llegue el Miércoles Santo para, cuando comienza a declinar la tarde, recrear la vista desde mi mirador, contemplando ese incesante fluir de nazarenos coloraos, que acuden para sacar la procesión de la Sangre a la calle, una vez que las siete campanadas del Carmen, anuncian que ha llegado la hora de vestir a Murcia de rojo.

¿Y yo? Yo, que soy uno más de esos tres mil y pico, no puedo moverme de donde estoy. Por eso me tengo que conformar con lo que me ha reservado mi suerte y mi destino.

Tener mi humilde morada enfrente de la iglesia del Carmen… Ser “nazareno colorao” y no poder vivir desde dentro mi procesión. Sólo soy un espectador más que la ve salir y entrar, eso sí, desde mi envidiable mirador. Pero mi sitio natural no es este. Mi sitio natural es salir cargando en uno de los diez pasos que componen el cortejo. A poder ser –y si no fuese mucho pedir- cargando en el trono del Santísimo Cristo de la Preciosísima Sangre.

Más yo soy tan sólo un modesto nazareno de a pie, que bastante tiene con vestir su túnica –ese privilegio sí que no me lo puede quitar nadie- y mirar fijamente a la puerta de la Portería y del templo carmelitano, empapándome los ojos ante tanta hermosura, y también, con tantas lágrimas que, incontenibles afloran a mis cansados ojos.

Pero hoy es ese día que, en el calendario de mi solitaria vida, tengo señalado de rojo (¿qué mejor color que ese para hacerlo?). Hoy es Miércoles Santo y, en los campanarios de la iglesia del Carmen, acaban de sonar las siete campanadas que anuncian, que la tarde más bella ha comenzado. Y, entre la “boria” que las lágrimas provocan en mi cansada vista, veo como esos  nazarenos, descendientes de la flor y nata de la huerta, de los sencillos y recios huertanos del antiguo Partido de San Benito, sacan a la luz del más hermoso atardecer, a la hermosísima Samaritana que, adornada de joyas y entre el alegre tintinear de los cristales que cuelgan de las tulipas del trono, conversa con Jesús “Mujer, tengo sed, dame de beber….”

A continuación, el hogar de Lázaro sale a la calle y, toda la familia rodea al Invitado de honor, que se siente como en su propia casa, agasajado por Marta y escuchado por María. Mientras, el anfitrión contempla en silencio la escena que tiene lugar entre su amigo y sus hermanas, quienes no se ponen de acuerdo acerca de si es mejor agasajar a su distinguido invitado, o escuchar su Palabra. “Maestro: di a María que me ayude con las tareas de la casa.”  ….  “Déjala Marta. Ella ha elegido lo mejor.”

La bajeza del traidor –único en dar la espalda a Jesús- contrasta con la Majestad que irradia el rostro de Cristo, mientras, el resto de apóstoles se entretienen en animadas charlas, ajenos al mudo diálogo que mantienen los ojos de Jesús, fijos en los ojos de Pedro. Pero, el único que se da cuenta del significado de esa mirada es el joven Juan quien, descalzando sus sandalias,  prepara sus pies para ser lavados.  “Señor: ¿Tú vas a lavarme los pies a mí?” … “Te aseguro, Pedro, que si no te lavo los pies, no tendrás que ver conmigo” 

Cuando más falta le hacían sus amigos, estos le abandonaron a su suerte, a manos del sumo sacerdote y sus sicarios. Incluso el apóstol elegido negó conocerle. “Maestro, antes moriré que abandonarte”….  “Pedro, Pedro…. No digas eso porque antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces”, le dijo Jesús. Y así fue. Ahora, lloras y te arrepientes pero, habiéndole negado, aún te ama.

“Ecce Homo” dijo Pilato. Y presentó al pueblo a un hombre convertido en una piltrafa, por obra de los verdugos que se ensañaron con Él. Y en el balcón del Pretorio aparece Jesús, con un rostro patético y una mirada de sufrimiento y de dolor. Cruelmente azotado, coronado de espinas, con el manto púrpura sobre los hombros y la vara del escarnio en las manos, es sometido a las burlas del populacho, representado por el horripilante Berrugo de las habas.

“Mamá ¿tienes un pañuelo? Mira cuánta sangre tiene. ¡Ayúdale buen hombre! ¡Sujétale la cruz, que se ha caído y le va a aplastar! ¿Por qué le hacen eso mama? Agárrate a mi mano Señor, que yo te ayudo a levantarte“
“Mujeres de Jerusalén: Llorad por vosotras y por vuestros hijos. Llorad por este tierno niño que es un valiente. Pero no lo hagáis por mí….”

“¡A la cruz con él!”  Eso es lo que parece decir el soldado romano, gladium en mano, mientras, el cruel sayón se encarga de que sea cumplida la orden, dando un fuerte tirón de la cuerda que ahoga el cuello de Cristo. Y Jesús, con una mirada de profunda pena y resignación, mientras camina dando traspiés hacia su patíbulo, parece pronunciar aquellas palabras “Padre: perdónales, porque estos no son conscientes de lo que están haciendo”. 

¡Ah!. Por fin llega el momento de ver cumplido el sueño que llevo alimentando durante todo el año. Llega el momento en que, mi amado Cristo de la Preciosísima Sangre, va a salir a llevar su sangre por todos los rincones, tanto del “barrio” como del resto de la ciudad de Murcia, allende el Segura. Y yo, un año más, un Miércoles Santo más, voy a ser testigo de excepción desde aquí arriba, desde mi atalaya.
Señor: que lástima no poder llevarte sobre mis hombros. Que pena no poder caminar por ti, para que tus descalzos y traspasados pies no pisen el duro suelo. Pero, Tú quisiste que yo naciera para lo que he nacido y, aunque me duela, acepto tu decisión.

En ese momento, mirando fijamente al Cristo, el nazareno notó con estupor, que los ojos de la Santísima Imagen estaban fijos en los suyos, con una mirada penetrante, pero al mismo tiempo cálida.
A partir de esa mirada de su Cristo, todo cambió para nuestro nazareno. Sus frías piernas volvieron a recuperar su perdida vitalidad y movilidad; pudo volver a mover los brazos y sus dedos asieron con fuerza el estante de madera.
Comprobó como su túnica de nazareno estante recobraba su perdido color rojo, como sus piernas volvían a sentir el tacto de las medias de ganchillo y las plantas de sus pies volvían a sentir el esparto de las suelas de sus alpargatas de carretero clavándose en su carne, con cada paso que daba.

Sin apartar sus ojos de los del Cristo, sintió como una llamada, un requerimiento a acercarse a Él, de manera que bajó a la calle desde la atalaya en la que pasaba sus días y, abriéndose paso entre el público, se acercó al trono del Señor de la Sangre. Al llegar junto a él, vio que había un lugar vacío en una de sus varas delanteras. Siguiendo ese mismo impulso que le llamó a acercarse al paso, ocupó el lugar vacío en la vara, justo en el preciso instante en que, el cabo de andas golpeaba la tarima con su estante, ordenando el inicio del caminar del Cristo por las calles de Murcia.

Con los ojos anegados en lágrimas de felicidad, nuestro anónimo nazareno pudo ver cumplido su sueño de desfilar en el cortejo colorao que, tantos años había visto tan sólo salir y entrar. Pero este año era distinto. Este año sentía y sufría con gusto el peso del Cristo sobre su hombro. Este año vio como Murcia entera alfombraba sus calles de colorao para rendir homenaje al Cristo de la Sangre. Este año fue feliz.

De vez en cuando, durante las paradas del trono, giraba la cabeza y miraba a lo alto, al rostro del Cristo. Y, aún dentro de su expresión de dolor, le pareció adivinar un leve esbozo de sonrisa en los labios de la Imagen.

No vio salir, obviamente, ni al fiel San Juan, ni a la hermosísima Virgen Dolorosa en su trono cuajado de velas, ya que ambos pasos desfilan detrás del Cristo. Les pudo ver entrar, eso sí, al regreso, con el Cristo detenido ante la puerta del Carmen, esperando a su fiel amigo y a su dolorida Madre.

Una vez entrada la Virgen a los sones de la preciosa marcha “Estrella Sublime”, llegó el momento de entrar al Cristo en su iglesia del Carmen, mientras la banda interpretaba la “Marcha Real” y el numeroso público asistente prorrumpía en una gran ovación, fruto del amor y la devoción que Murcia siente por el Cristo de la Preciosísima Sangre.
Ya dentro de la Portería, tras mirarle por última vez a los ojos, salió de la misma y, con una extraña sensación, mezcla de tristeza y felicidad, volvió a subir a su atalaya.

Nadie sabe quién lo puso, pero el caso es que, en el Jardín de Floridablanca, al pie del monumento al Nazareno Colorao, al pie del mirador de nuestro nazareno, apareció un gran ramillete de claveles rojos de los que, durante la procesión, formaron el calvario de flores del trono del Cristo de la Sangre.

Ha pasado el tiempo, pero el ramillete de claveles sigue ahí, tan frescos y rojos como el primer día.
El rostro de bronce del nazareno parece haber cambiado su expresión. Ahora se le nota más feliz y satisfecho.

 Pero nadie acierta a adivinar el por qué…. 


viernes, 30 de marzo de 2012


EL TORERO

Tras despuntar buenas maneras desde pequeño, su arrollador paso por la escuela de tauromaquia y una meteórica carrera como novillero, el pasado mes de septiembre Currito de Patiño había tomado la alternativa en el coso de La Condomina, durante la Feria Taurina de Murcia, su ciudad natal.
En muy poco tiempo, Currito había convertido en una gran figura en ciernes del toreo español.

Un día, Antonio, un buen amigo suyo le ofreció salir, en la siguiente Semana Santa, cargando el paso de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, que saca la Muy Ilustre y Venerable Cofradía del Santísimo Cristo del Amparo y María Santísima de los Dolores, en su procesión del Viernes de Dolores.
Currito le preguntó que a qué se debía ese ofrecimiento, contestándole su amigo Antonio que el  Nazareno del Gran Poder era popularmente conocido como “el Cristo de los Toreros”, debido a que su trono era llevado en procesión por toreros y otros personajes pertenecientes al mundo de la tauromaquia (periodistas, apoderados, etc.), y que era un honor para un torero murciano el cargar al Cristo en su procesión.
No le hizo a Currito una especial ilusión el ofrecimiento. Nunca le habían gustado las procesiones. De hecho, como había pasado casi toda su infancia fuera de Murcia, no acertaba a recordar si alguna vez había visto alguna procesión de aquí o no.
Sin embargo, para no desairar a su amigo Antonio y también, para no romper la tradición, aceptó salir el siguiente Viernes de Dolores, cargando a hombros al Cristo de los Toreros.

Llegado el Viernes de Dolores, acudió a casa de Antonio, para vestirse allí de nazareno, ayudado por la esposa de aquél, ya que era la primera vez que vestía una túnica nazarena, y no tenía ni idea de cómo se hacía. Una vez los dos vestidos con sus túnicas azules de estantes, salieron caminando hacia la iglesia de San Nicolás.
Debido a su inexperiencia, el Cabo de Andas asignó a Currito un puesto de suplente, advirtiéndole que estuviese pendiente de cualquier hueco que se produjese bajo el paso, para ocuparlo él mientras no regresaba su titular.
Apenas entró a cargar unas pocas veces a lo largo de la procesión. Aquello no despertaba su interés y, encima, cada vez que cargó, como no sabía colocar bien los pies al caminar, se trastabillaba con el nazareno de delante, por no hablar del intenso dolor que sentía en el hombro al cargar el paso.
El final de la procesión le dejó indiferente, prueba de ello era el acusado abultamiento de su sená, que denotaba que ni siquiera se había sentido atraído por la entrega de caramelos, huevos duros y monas a niños y mayores, durante el desfile.
Y, es que, cuando algo no gusta, pues no gusta…


Su carrera en el mundo del toreo era ascendente. Sus tardes de triunfo en diversas plazas le allanaban el camino para convertirse en una gran figura.
Una tarde, después de dar una verdadera lección de toreo, y tras ser premiado con las dos orejas y el rabo, vio como un numeroso grupo de aficionados se dirigía a él para sacarlo de la plaza a hombros. Sin darse apenas cuenta, de repente Currito se vio aupado por un fornido aficionado quien, sin esfuerzo aparente y rodeado por otros muchos aficionados, sacó al torero a hombros por la puerta grande de la plaza. Al depositarle en el suelo, ya en la calle, Currito vio fugazmente el rostro del aficionado que le había sacado a hombros y, por un momento, creyó conocerle de algo. Pero no era posible, nunca había estado en aquella ciudad. En un instante, el mozo dedicó una gran sonrisa al torero y desapareció entre el tumulto de público.

Pasaron varios meses hasta que, una tarde en que había completado una gran faena, al entrar a matar, el toro dio un derrote, con tan mala fortuna que uno de sus pitones se enganchó en su muslo derecho, provocándole una grave herida por la que empezó a sangrar abundantemente.
Mientras los mozos de su cuadrilla alejaban al toro, rápidamente un montón de gente salió al ruedo para trasladar a Currito a la enfermería de la plaza. Un buen mozo de fornidos brazos le sujetó por las axilas, levantándole del suelo y encaminándose hacia la enfermería con una fuerza y decisión arrolladoras, mientras, el torero, semiinconsciente por el estado de shock en el que se encontraba, con los ojos entreabiertos acertó a cruzar su mirada con la del mozo que le sujetaba por las axilas, sintiéndose reconfortado por la expresión de fe y confianza que le transmitieron aquellos desconocidos ojos.
Aunque, a Currito no le resultaron tan desconocidos ya que, de nuevo, volvió a tener la sensación de conocer a esa persona de algo, aunque no acertaba a saber de qué. 

Sanó pronto Currito de sus heridas. Su juventud, su vigor, sus ansias de vivir y… no sabemos si algo más, le hicieron recuperarse en pocos días de su grave cogida.
Cuando regresó a Murcia subió al Santuario de la Fuensanta, a llevarle a nuestra Patrona un gran ramo de rosas y darle las gracias por su pronta y favorable recuperación.
Estando allí, mirando a la cúpula del Santuario vio, entre la multitud de personajes pintados en ella, representando la Romería de la Fuensanta, a unos nazarenos vestidos con sus túnicas blancas, moradas, negras, colorás….  y azules…  y, de pronto se acordó de los nazarenos azules del Amparo y, cómo no, del Cristo de los Toreros.
Enterado de que lo podría encontrar en el Convento de Capuchinas, en el Malecón, hacia allí se dirigió, portando otro gran ramo de rosas. Cuando entró a la pequeña capilla y vio la imagen del Nazareno del Gran Poder, no pudo evitar un sobresalto. Por tercera vez en poco tiempo volvió a tener la sensación de haber visto antes esos ojos. Rápidamente le vino a la cabeza el joven que le había sacado a hombros por la puerta grande y, también el otro mozo que le había levantado del suelo y llevado en volandas a la enfermería, cuando sufrió su reciente grave cogida.
Después de un buen rato rezando ante la imagen, al salir de la capilla, de inmediato supo Currito lo siguiente que tenía que hacer. Llamó a su amigo Antonio y le dijo que quería salir en la procesión del Viernes de Dolores, cargando bajo el Jesús del Gran Poder. –Pero, si el año pasado no te gustó- le contestó Antonio. -Eso fue el año pasado. Este año es distinto- le dijo Currito.  –Bueno, dalo por hecho-, contestó Antonio.

Llegado el Viernes de Dolores, Currito volvió a acudir a casa de Antonio, a vestirse de nazareno y, desde allí partieron ambos hacia San Nicolás. Cuando llegaron a la iglesia, el torero se puso delante del Nazareno del Gran Poder y, mirándole fijamente a los ojos le rezó un sentido Padrenuestro.
Al acabar, sin dejar de mirarle a los ojos, sintió en su interior una voz que parecía salir de los labios de la imagen. Esa voz le preguntaba:  -¿Por qué este año sí, Currito?-.  A lo que el torero le respondió:  -Te lo debía, Señor, porque, tanto en mis momentos buenos, como en los malos, tú siempre estabas ahí para llevarme sobre tus hombros-. 

domingo, 18 de marzo de 2012


EL NIÑO

Tras muchos años dedicándome, incansable, a mi trabajo como escultor e imaginero, hoy me siento ya viejo y noto cómo las fuerzas ya me están abandonando.
Sé que pronto moriré. Y espero poder reunirme con el Padre Eterno. Poder reunirme con el Cristo de la Sangre, cuyos destrozados restos ensamblé pacientemente, hasta conseguir recomponer su Divino Cuerpo. Poder reunirme con el Cristo de los tres Entierros que tallé, uno para Cartagena, otro para Albacete y otro para Murcia. Poder reunirme con el majestuoso Cristo del Lavatorio. Y con tantas otras imágenes de Cristos, Vírgenes y Santos, como he tallado a lo largo de mi vida.

Pronto llegará mi hora. Pero no quiero irme sin antes contaros algo. Quiero compartir con vosotros una historia que me ocurrió hace ya bastantes años y que, aún hoy, me llena de congoja y me hace tener esa Fe ciega en Dios, por la cual espero reunirme pronto con Él.

Sucedió en 1955. Un año antes, la Cofradía de la Preciosísima Sangre de Cristo, que estaba aún recomponiendo su procesión del Miércoles Santo, al estado en que se hallaba antes de la enorme destrucción que sufrió en julio de 1936, me encargó la realización del paso de Las Hijas de Jerusalén, para con él, recuperar el realizado por Baglietto a mediados del siglo XIX, y que fue destruido al principio de la guerra civil.

Todos los que me conocen saben que no me gusta realizar copias de imágenes, de manera que, en mi ánimo nunca estuvo la intención de realizar una copia del destruido paso. Muy al contrario, intenté realizar algo innovador, aún manteniendo el sabor y el espíritu barroco que impregna a la Cofradía por todos lados.

Así pues, concebí un boceto compuesto por 4 imágenes: Jesús, semicaído bajo el peso de la cruz, ayudado por Simón de Cirene, dirigiéndose a dos mujeres de Jerusalén, a las que parece decir que no han de llorar más por Él, sino que lo hagan más bien por ellas mismas y por sus hijos.
Una vez aprobado el proyecto por parte de la Cofradía, me puse manos a la obra y empecé a tallar las cuatro imágenes que, previamente, había dibujado y plasmado en el papel.
Pero conforme iba avanzando en la ejecución de la obra, me iba dando cuenta de que al paso, a la composición le faltaba algo. No sabía qué, pero notaba un vacío, un hueco que no acertaba a saber como llenar.

En los alrededores de mi taller, en la calle Corbalán, solían jugar varios niños. Eran otros tiempos, y no había tanto tráfico de coches como hay hoy en día, por lo que los chavales se pasaban media vida en la calle, jugando y maquinando travesuras sin parar.

Un día, una pelota de trapo se coló en mi taller y, tras ella entró un niño con la intención de recuperarla. Al verme y, al ver aquellas imágenes en las que me encontraba trabajando, se quedó parado en la entrada. Le miré con cara de fingido enfado y le dije: -¿Es que no podéis tener un poco de cuidado, que vais a romper algo? Anda, pasa, coge la pelota y marcharos a jugar a otro sitio-.
El niño, sin decir nada, entró a por la pelota y salió corriendo. Enseguida dejé de escuchar los ruidos que hacía el grupito de pilluelos que jugaban en la calle, por lo que supuse que se habrían marchado a otro lado.

Sin embargo, al cabo de unos pocos minutos, volvió a asomar la carita del niño por la puerta abierta del taller. -¿Otra vez aquí?- le dije. -Ya se han ido a jugar a otro sitio-  me respondió con su vocecita infantil, añadiendo -¿Qué haces? ¿Puedo pasar?-.
Le miré detenidamente. Tendría unos cinco años y vestía una especie de baby, como los que, por aquellos años, llevaban los niños en los colegios. Sus cabellos eran dorados y ensortijados, y sus ojos castaños tenían una mirada profunda y melancólica.
-Pasa- Le dije, y añadí -Pero ten cuidado y no toques nada-. El niño, obediente, pasó y se sentó en un banco de madera, cerca de donde yo estaba tallando una de las mujeres de Jerusalén. Y allí, callado, se quedó mirando, hasta que, al cabo de un largo rato, dijo: -¿Qué estás haciendo?-.  -Un paso para una procesión- dije yo.      -¿Para esa que sale de la iglesia que hay al lado del jardín?- preguntó él.  -Sí, para esa misma- respondí. Pensé que se callaría y que, aburrido de estar allí, se marcharía enseguida en busca de sus amigos. Pero no, el niño no se movió de su sitio, sin quitar su profunda mirada de lo que yo estaba haciendo.
Al cabo de un rato, que se me antojó eterno, volvió a preguntar: -Y, ¿qué paso es?-. Un poco malhumorado por su insistencia en no dejarme trabajar tranquilo, intentando ser tajante en mi respuesta, le respondí: -Se va a llamar Las Hijas de Jerusalén-.
Pero el niño parecía empeñado en amargarme la tarde, porque me volvió a preguntar: -Y, ¿cómo va a ser el paso que estás haciendo?-. Sin mirarle siquiera, con un gesto de la mano le señalé el dibujo que estaba sobre la mesa. El niño se levantó y se dirigió a mi mesa de trabajo, para verlo de cerca. Tras contemplarlo durante un rato, se volvió hacia mí y me dijo: -Le falta algo-. Le miré, entre extrañado y molesto, y le dije: -¿Qué crees que le falta?-. A lo que me repuso: -¿Por qué no haces un niño y lo pones al lado de esas mujeres?-.


No salía de mi asombro. El pequeñajo se permitía, con un descaro tremendo, juzgar mi boceto. Pero es que encima, tenía razón al decir que faltaba algo, tal y como yo mismo notaba que sucedía. Y, no contento con todo ello, no se le ocurría otra cosa al zagal que dar con la tecla, y sugerirme una solución para completar la escena.

Le miré fijamente. Y, mientras lo hacía, veía con sorpresa que ese propio niño podría, perfectamente, servirme de modelo para la imagen del niño, que podría encajar en el paso. De manera que le dije: -¿Te gustaría que el niño que quieres que ponga en el paso, se parezca a ti?-. -Vale- contestó el niño, con su vocecita infantil y despreocupada, mientras salía corriendo del taller. -¡Espera!- le grité -¡Tengo que dibujarte en un papel!-.  Volvió a asomar el niño su carita por el quicio del portón del taller, y dijo: -Mañana vengo, que me llama mi madre-.

Con cierta intranquilidad, por si el niño no volvía más por el taller, intenté dibujar su carita de memoria. Pero, por más veces que lo intentaba, no conseguía dar con la expresión profunda, melancólica y un tanto triste, que salía de sus ojitos. Esa noche recé para que volviese al día siguiente. Esa noche también, dormí con desasosiego, pensando en ese niño tan extraño y tan encantadoramente descarado.

Amaneció el nuevo día y volví a mi taller a seguir trabajando. Toda la mañana la empleé en acabar de tallar la mujer, que había dejado casi terminada la tarde anterior. Y lo hice sin dejar de pensar en el niño, y con la inquietud que me producía la incertidumbre de pensar si volvería a verle o no.

Pero volvió. Cumpliendo su palabra, sobre las cinco de la tarde, mi angelito se dejó caer por el taller. Le recibí con una sonrisa, diciéndole: -Has venido….-, a lo que me repuso –Claro que sí. Ya te dije ayer que vendría. ¿Es verdad que vas a dibujarme? Respondíle: -Claro, necesito dibujarte-. Contestó el niño: -Y, ¿para qué-. A lo que respondí: -Pues, para después poder hacer una imagen como tú, en madera, como la de esta mujer, o la del Señor que está ahí-.  -Ah, vale, pues venga, empieza a dibujarme-.  Respondió con su vocecita infantil y risueña.

Y así, tarde tras tarde, durante varias semanas, el niño, mi niño, mi angelito, venía a visitarme al taller. Primero a posar para el dibujo. Después, cuando empecé a tallar su imagen en madera, para ver como avanzaba mi trabajo, mientras se entretenía jugando con trozos de madera y con un escoplo y un cincel que le enseñé a usar.

Algún tiempo después, una mañana, di la última pincelada a la imagen. -Esta tarde, cuando venga mi angelico se pondrá muy contento al verla terminada-.  Pensé yo.
Y así fue. Todo fue asomar el niño por el taller y ver la imagen acabada, y ponerse a saltar de alegría, gritando -¡Bieeeen! ¡Ya estoy acabado!- para decirme a continuación: -Ahora sí tienes completo el paso-.
Pero, enseguida cambió su semblante y me dijo: -Ya no hará falta que venga más por tu taller-.  Yo le dije: -Claro que puedes venir, pequeño, siempre que quieras. Además, estás aprendiendo muy bien a utilizar las herramientas de escultor. ¿Te gustaría ser escultor como yo, cuando seas mayor?-.

Fijó en mí sus profundos ojos, se puso muy serio y, señalando la cruz que sujetaba la imagen del Cirineo, me respondió: -Cuando sea mayor, llevaré una Cruz como esa en el hombro, y en ella moriré-.  Y, en ese preciso instante, desapareció.


No le volví a ver nunca más. Anduve preguntando por él por casi todo el barrio del Carmen, pero nadie supo decirme dónde vivía, ni su nombre, ni nada de nada. Nadie parecía haberle visto nunca.

Aunque estoy ya viejo, no estoy loco. Sé que ese niño existió. No es producto de mi imaginación, ni lo he soñado. Él estuvo en mi taller posando para mí.

Ahora, que ya estoy próximo al momento de entregar mi espíritu a Dios, tengo la certeza de que, si el Señor quiere que mi alma vaya al Cielo, cuando llegue y asome mi rostro por allí, aquel Niño me estará esperando, con su cabello rubio y ensortijado y, mirándome con sus ojos profundos y melancólicos, extenderá su manita hacia mí y, guiñándome un ojo, me dirá: -Pasa, pero ten cuidado y no toques nada-.

sábado, 25 de febrero de 2012

NO LE HIZO FALTA BASTÓN.


Vestido con su capa, salió sin hacer ruido alguno. No quiso sin embargo marcharse sin pasar primero un momento por el Yiyi -la que era sin duda su segunda casa en momentos de asueto- a practicar su deporte favorito: levantamiento de vidrio en barra fija. Con el estómago más asentado después del chatico de vino se dijo a sí mismo: ¡es la hora! Y hacia la morada del Padre Eterno continuó su camino.
Cuando llegó cerca de la puerta hizo un breve alto en el camino. Se miró de arriba a abajo y comprobó que no iba adecuadamente vestido para el momento. En esto que vio venir revoloteando a unos angelitos que le traían unas vestiduras. Cuando las vio de cerca, comprobó que se trataba de su túnica colorá, su túnica de mayordomo de su querida Archicofradía de la Sangre. Con la ayuda del querubín se quitó la capa y el traje, y se revistió con la túnica, de la que siempre dijo que se trataba de su vestimenta habitual ya que, siendo nazareno todo el año, ese y no otro debería ser su hábito cotidiano.
Una vez correctamente vestido, consideró llegado el momento de entrar en la que habría de ser su casa en adelante. Ya no viviría más en la avenida que llevaba su nombre. Ahora viviría en el Paraíso.
Llegó a la puerta y no vio a nadie allí. Que raro le pareció eso. Sin embargo, aún no había pasado un instante, cuando vio llegar jadeando a un señor mayor, cuya cara le era harto conocida. Era San Pedro, si el San Pedro del paso de la Negación que se aprestaba a abrirle de par en par la puerta.  Pasa Carlos -le dijo- estás en tu casa. Y perdona por el pequeño retraso, es que he tenido un incidente con el gallo nuevo que me han traído, que no veas los espolones que tiene y las ganas que me tiene cada vez que pronuncio la palabra NO.
No le hizo falta el bastón para dar sus primeros pasos por el Cielo. El propio San Pedro le llevaba firmemente cogido del brazo, como si fueran dos viejos amigos que se vuelven a encontrar después de un tiempo sin verse y dan un entrañable paseo recordando viejos tiempos.
Con algunas lágrimas en los ojos, preguntó a Pedro. ¿Puedo verla por última vez?. Pedro sabía perfectamente a lo que se refería Carlos. Por supuesto -dijo Pedro- si es tuya.  En ese preciso instante, comenzaron a tomar vida una serie de desconocidos personajes que había visto en la lejanía. Así, al pasar junto a un frondoso olivo, vio sentado a su sombra, sobre una roca, nada más y nada menos que a Jesús, conversando con la que reconoció como Fotina, a quien demandaba un trago de agua fresca, recién sacada del pozo. Con una gran sonrisa y un ademán con la cabeza, Jesús le saludó y le dio la bienvenida, mientras, Fotina llenó un vaso con agua fresca y se la ofreció. A Carlos se le antojó mejor un chatico de vino del Yiyi, que era mucho lo que se le venía encima, y así se lo hizo saber a Fotina, pero ella le dijo que tan sólo tenía agua, pero que era fresca y viva. Jesús, pendiente de todo, guiñándole un ojo le dijo: -bebe ese agua, que ahora haré que te traigan ese chatico que deseas-. 
Siguió el paseo del brazo de San Pedro hasta llegar a un entrañable hogar. Inmediatamente reconoció la escena y allí, ante Jesús, en el hogar de Lázaro y sus hermanas le hizo entrar San Pedro. Besó las manos de Jesús y Jesús besó las suyas. Mientras, Marta, siempre solícita le escanciaba un vaso del mejor vino de la modesta bodega de su hermano. Bebe Carlos -le dijo Jesús- tu deseo está cumplido. ¿Otro vasico? -le preguntó Lázaro-. ¿Puedo Señor?  Pues claro que puedes Carlos, estás en tu casa. Bueno -repuso Carlos- La espuelica y ya está bien.
Casi no le dio tiempo a acabar el trago cuando un grupo de apóstoles le cogieron casi en volandas y le sentaron en un taburete en el que alguien había escrito "Carlos".
Cuando se hubieron sentado todos, vio avanzar hacia él a un hombre con la túnica desceñida y los cabellos desmadejados, totalmente revestido de Majestad. Hola Carlos. Bienvenido.  Jesús hizo ademán de agacharse, mientras San Juan le quitaba los blancos zapatos de mayordomo y los calcetines, para recibir el agua que Jesús derramaba sobre sus cansados pies, los cuales parecieron revivir al sentir las manos de Jesús lavándoselos y masajeándoselos.
San Juan le volvió a calzar mientras, San Pedro le ayudaba a incorporarse para continuar su paseo.  Llegaron a un patio donde se alzaba una breve columnita, sobre la que había un enorme gallo de poderosos espolones, que aleteó al ver llegar a Pedro. El anciano llevó a Carlos ante Jesús, cuyo entristecido semblante cambió totalmente al verle llegar. Las ataduras que ligaban sus manos cayeron al suelo inmediatamente, para que pudiese estrechar a Carlos entre sus brazos mientras, las lágrimas de San Pedro volvían a rodar por sus arrugadas mejillas.
En esto que vio llegar a San Juan, que venía a sustituir a San Pedro, quien se había quedado inmóvil al oir cantar al gallo. 
Del brazo de San Juan llegaron a las inmediaciones de la Torre Antonia, fuertemente guarnecida por fiera soldadesca de Roma. Allí, pudo contemplar entristecido la imagen machacada, castigada, rota, coronada de espinas, de Cristo mientras, Pilato le cubría con la capa roja del escarnio. En la lejanía escuchó  -¿A quién queréis que os suelte?-  A lo que se aprestó a responder con la mayor potencia de voz que sus pulmones le permitían -A Jesús, a Jesús-. Por las lágrimas y por la mirada de tristeza y resignación que Jesús le dirigió, supo que todo estaba perdido.
Casi cayó al suelo al resbalar en unas cortezas de habas, mientras comenzaron los dos a caminar en pos de Jesús, por la Vía Dolorosa. En esto que vio como Jesús caía bajo el peso de la cruz, mientras, un tierno niño, llorando al ver la escena, buscaba consuelo entre los pliegues de su túnica de mayordomo. Oyó a Jesús decirles a unas mujeres que no llorasen por Él, en el mismo instante en que la mirada de Jesús se cruzaba con la suya y le decía. Tú tampoco llores más, y dile a los tuyos que tampoco lo hagan. La Casa de mi Padre es lugar de alegría y no de tristeza.
Allá, a lo lejos, vio como quitaban al apenado Jesús sus vestiduras y como le tumbaban sobre la cruz para clavarle en ella. No pudo acercarse más, le fallaban las fuerzas, y San Juan había tenido que ausentarse un momento para ir a buscar a María.
Cerró los ojos y, cuando volvió a abrirlos se encontró ante la mejor visión que había tenido nunca. Y mira que había visto cientos de veces esa misma visión. Pero lo que tenía ahora delante no era una imagen de madera. Era el propio Jesús, clavado de manos a la Cruz, con los pies agujereados por los clavos, pisando el fruto de la vid, en el Lagar Místico, mientras de sus Cinco Llagas brotaban torrentes inagotables de Preciosísima Sangre Salvadora. La mirada penetrante de Jesús le hizo comprender que ya nunca más volvería a sentir dolor, que todo lo que de bueno había sembrado durante su larga vida, lo recogía ahora con creces, que estaba SALVADO y en la GLORIA DE DIOS.
En esto vio llegar a San Juan. Venía acompañado por la más bella de las Mujeres. Al llegar los dos donde él se encontraba dijo Juan: -Carlos, aquí tienes a tu Madre-. María le estrechó en sus brazos y, a partir de ese momento, lo único que Carlos volvió a sentir fue PAZ.


(Este cuento fue escrito como homenaje y en honor a la memoria del Presidente y Presidente de Honor que fue, de la Real, Muy Ilustre, Venerable y Antiquísima Archicofradía de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, Don Carlos Valcárcel Mavor Q.E.P.D.)



jueves, 23 de febrero de 2012

MISTERIO EN EL HOSPITAL

Daniel tuvo que llamar al médico de urgencias para que acudiese a su casa. Fuensanta -su mujer- estaba muy enferma. No sabía qué le ocurría, pero tenía una fiebre altísima que no le bajaba con nada. Llegó el médico a su casa y, tras examinarla, dijo que era necesario llevarla a urgencias del Hospital. Llamaron a una ambulancia y, tras entrar en urgencias del Reina Sofía, los médicos dictaminaron su inmediato ingreso, debido a la gravedad de la enferma.

Conforme pasaban las horas, Fuensanta, en lugar de evolucionar favorablemente, fue empeorando cada vez más, hasta el punto que los médicos decidieron su ingreso en la UCI, en un estado de extrema gravedad.

Daniel estaba hundido. Veía impotente cómo, su amada esposa se le estaba yendo de las manos. Sentado en la sala de espera, se puso a rezar. Pero necesitaba estar solo y con más intimidad, de manera que bajó de la planta donde estaba la UCI y se dirigió al mostrador de información, que se encontraba en el inmenso hall del nuevo Hospital. Allí preguntó si existía alguna especie de Capilla o similar. –Sí, señor. Mire, suba esas escaleras y, al fondo a la derecha, verá la puerta de la Capilla-.

Encaminóse hacia allá. Abrió la puerta y, se sorprendió al ver, en la pared opuesta a la entrada, una enorme imagen de un Cristo Crucificado.
Se acercó y lo miró de cerca. Era fácil hacerlo, ya que la imagen se encontraba en una posición muy baja, muy al alcance de la vista. El Cristo era impresionante. De una envergadura enorme, debía ser muy antiguo, ya que estaba casi totalmente oscurecido por lo que, supuso, una capa de suciedad y humo de siglos. Se arrodilló ante la imagen y comenzó a rezarle, a pedirle por su Fuensantica.

                 
Después de rezar, mirando fijamente al rostro, a los ojos entrecerrados del Cristo, comenzó a sentirse mejor, más reconfortado, y sintió una grandísima paz interior.

Mientras Daniel oraba ante la imagen del Crucificado, Fuensanta deliraba en la UCI. No sabía dónde se encontraba y, cuando abría los ojos, únicamente veía médicos y enfermeras, yendo de un lado para otro de la sala.
Una de las veces que entreabrió los ojos, vio borrosamente la figura de un médico. Tan sólo acertó a distinguir que el doctor, vestido con su bata blanca, era una persona muy alta, que tenía poblada barba y que, sentado en el lateral de su cama, la agarraba fuertemente de la mano.
Volvió a cerrar los ojos, presa de la fiebre que la consumía, pero no le abandonó en ningún momento la sensación de una poderosa mano que agarraba la suya, temblorosa y débil.

Cuando Daniel salió de la Capilla, al pasar por recepción decidió preguntar a una enfermera que allí había, acerca de la imagen del Crucificado de la Capilla. –Sí (le contestó la enfermera),  es una imagen muy antigua, caballero. Ya se encontraba en el primitivo Hospital de San Juan de Dios, donde hoy está la Comunidad Autónoma, ¿sabe?-
De este modo supo que, en el citado Hospital se encontraba ubicado, colgado en lo alto del rellano de la escalera, y por ello se le conocía como el “Cristo de la Escalera”. Ahora se le denominaba “Cristo de Zalamea”, y era una imagen de muchísima devoción y muy querida por todo el personal del Hospital y por muchísimos enfermos y sus familiares que acudían a pedirle por la curación de sus males.
-Pero ya ha visto usted en qué mal estado se encuentra. Pronto va a ser llevada a un taller de restauración….. Ah, caballero, también puedo decirle que un grupo de nazarenos pretenden crear una nueva Cofradía con la imagen de este Crucificado como Titular-.
Agradecido por la información que le había facilitado la enfermera, Daniel se dirigió hacia la UCI, a ver como seguía su esposa y si los médicos podían decirle algo más.

Cuando llegó allí, las noticias no eran buenas. Fuensanta estaba en estado crítico. A través de las cristaleras pudo ver cómo estaba permanentemente atendida por un doctor que no soltaba su mano en ningún momento.
Su mujer se le iba. Lo sabía.
Sentado impotente en la sala de espera, el cansancio y el dolor le vencieron y no pudo evitar quedarse dormido.

Se despertó por la mañana temprano, sobresaltado y con el cuerpo entumecido por la mala postura en que había pasado las últimas dos horas. Lo primero que hizo fue acercarse a la UCI y allí vio cómo el médico de las barbas continuaba junto a su esposa, aferrado a las manos de su Fuensanta.

Dio un golpecico en el cristal para llamar la atención del doctor y éste se levantó y salió de la UCI. Daniel le preguntó por su mujer y el médico le dijo que dormía, que seguía muy grave, pero que no se preocupase, que su curación estaba en manos de Dios. Que rezase por ella y tuviese fe. Que fuese a la cafetería a desayunar algo, que se le veía muy mala cara, y que después marchase a casa a descansar un poco, que ya velaría él por su esposa.
Daniel le dio las gracias por todo. Le dijo que iría a tomar algo, pero que a casa no se marchaba dejando a su mujer sola y en esa situación.

Al regresar de la cafetería subió de nuevo a la Capilla para rezar ante el enorme e impresionante Crucificado.
Pero, cuando entró se llevó una grandísima sorpresa… ¡¡¡El Cristo no estaba!!!… La Cruz negra permanecía colgada en su sitio, pero ¡¡la imagen había desaparecido!!
Muy extrañado y un tanto alarmado, bajó a información y preguntó qué había ocurrido con el Cristo.
Allí no sabían nada. Acababan de empezar su turno de trabajo. Pero una enfermera le comentó que había oído que un día de esos se iban a llevar la imagen del Cristo al taller de Verónicas para ser restaurado. Así que allí debían haberlo llevado esa misma mañana temprano.
Desilusionado y un poco acongojado por no poder hallar el consuelo y la paz que la contemplación del Crucificado le había otorgado la noche anterior, Daniel subió de nuevo a la Capilla y oró postrado ante la Cruz vacía.

Mientras tanto, las cosas en la UCI no marchaban bien para Fuensanta. Su estado había empeorado alarmantemente. La pobre, entre delirios y sueños, tuvo una visión de si misma, caminando por un oscuro y larguísimo túnel, hacia un brillante puntito de luz que se veía al final. Conforme se acercaba a la luz, ésta se volvía más y más brillante y cegadora.
Cuando parecía que iba a dar el último paso para traspasar la línea que separaba la oscuridad de la luz blanca y cegadora, sintió una poderosa mano que, agarrando la suya, se lo impidió. Y, por más que intentaba desasirse, el inmenso poder de la férrea mano no se lo permitió.

Lo siguiente que recordaba Fuensanta fue abrir los ojos y verse de nuevo acostada en su cama de la UCI, con el médico de las barbas asiendo su mano, con una sonrisa dibujada en sus labios. –Descansa Fuensanta (le dijo el gigante doctor), ya estás mejor. Pronto te pondrás bien y volverás a casa con tu esposo Daniel, que anda por ahí afuera-.

En ese preciso momento llegaba a la UCI Daniel, que venía de la Capilla, aún triste y extrañado por la repentina y misteriosa desaparición de la imagen del Crucificado.
Al verle llegar, el doctor se levantó y salió.
-Buenas noticias Daniel: Fuensanta ha pasado una grave crisis en la que ha estado a punto de morir. Pero ha superado el peor momento y ya se encuentra mejor. Dentro de pocos días podrás llevártela de vuelta a casa. Yo ahora me tengo que marchar, que me han surgido otros asuntos urgentes que atender. Tú vete a casa y descansa. Hazme caso, ¿vale?-.

Con una infinita alegría en su interior, y con los ojos arrasados en lágrimas, Daniel se abalanzó sobre el médico para abrazarle.
Al estrecharle entre sus brazos tuvo la misma sensación de paz y de consuelo que había tenido la noche anterior, cuando miró a los ojos del Cristo, en la Capilla.
Enormemente extrañado, Daniel soltó el abrazo y miró al doctor a los ojos. Éste le sonrió y, llevándose un dedo a los labios para que guardase silencio, le guiñó un ojo.
¡No! ¡No podía ser! Todo tenía que ser producto del cansancio, del estrés, de la angustia que había sufrido al ver que su Fuensanta se le iba.
Cuando se quiso dar cuenta, sin saber cómo, el doctor desapareció de allí.

Daniel reaccionó y salió disparado hacia la Capilla. Subió los escalones de dos en dos y se abalanzó sobre la puerta de la misma.

Lo que vio en la Capilla le dejó atónito y sin habla.

El Cristo de Zalamea estaba allí, colgado de su Cruz, tal como lo vio por vez primera la noche anterior.

En ese preciso instante, una señora se encontraba arrodillada ante la imagen del Cristo, rezando en voz alta entre sollozos, pidiéndole por la vida de su hijo, que acababa de tener un grave accidente con la dichosa moto.


*******************

Ha pasado un año y medio desde que ocurrió aquello.

El Cristo de Zalamea ya no se encuentra en el Hospital.
Fue magníficamente restaurado y posteriormente llevado a la Iglesia-Museo de San Juan de Dios, donde recibe culto.

Tras muchas y arduas gestiones, finalmente fue autorizada la creación de una Cofradía en torno a la sagrada imagen del Cristo.

Hoy es Jueves Santo por la tarde y, Daniel y Fuensanta, vestidos con sus túnicas negras con capuz dorado llegan pronto a la iglesia de San Juan de Dios.
Los dos son Nazarenos Estantes del Cristo de Zalamea.
Después de lo sucedido hace año y medio en el Hospital, fueron de los primeros en pasar a formar parte de la nueva Cofradía del Santísimo Cristo de Zalamea. Ellos, mejor que nadie, saben con certeza a Quién van a llevar sobre sus hombros dentro de pocos minutos, en la primera procesión de la recién nacida Cofradía.

Algunos responsables de dicha Cofradía vienen observando cómo, con cierta frecuencia, cuando la iglesia está cerrada, la imagen del Crucificado “sufre” extrañísimas desapariciones que duran unas pocas horas y, tal como desaparece, la imagen del Cristo vuelve a reaparecer en su lugar.
Llevan el tema con gran discreción. No comentan nada, ni siquiera entre ellos mismos. No quieren ser tildados de locos.

Coincidiendo con las citadas desapariciones de la imagen, por la UCI del Hospital Reina Sofía siempre aparece un gigante y desconocido doctor de pobladas barbas, que aferra con fuerza las manos de los enfermos en trance de mayor gravedad.




miércoles, 22 de febrero de 2012

LA TABERNERA DEL CARMEN

Hacía tres años que había muerto su maestro, pero su taller seguía abierto, con él a la cabeza. Había sido su mejor discípulo y colaborador, y casi como de la familia. Los encargos que dejó pendientes de ejecución su maestro, los había acabado él con notable acierto. No había en esa época en Murcia ningún escultor que le superase, y eso se notaba en los continuos encargos que seguía recibiendo el taller.

Un día, recibió una misiva por medio de un mensajero. Los mayordomos de la Cofradía de la Sangre le requerían para entrevistarse con ellos en el Convento Carmelita, al otro lado del río. –Está bien, diles de mi parte que mañana iré a verles-
Al día siguiente salió de su casa, atravesó la muralla por la Puerta del Puente, cruzó el mismo y se encaminó hacia el Convento del Carmen. Allí le esperaban los mayordomos de la Cofradía de la Sangre de Cristo, quienes le llevaron ante algunas de sus imágenes.
–Os hemos hecho llamar, don Roque, para mostraros estas imágenes y proponeros algo. Mirad, conocéis bien el paso de la Negación de San Pedro, obra de Bussy. Como veis se encuentra en mal estado y queríamos encomendaros su restauración.  Y aquí tenéis la Virgen de la Soledad, también de Bussy.  También pretendemos encargaros su restauración. ¿Qué decís a nuestra propuesta?-
Roque López contestó: -Pero, ¿cómo habéis permitido que las imágenes hayan llegado a este estado? ¿Por qué no habéis hecho esto antes?-
-Bueno, don Roque, ya sabéis que eso cuesta dinero, y conocéis los avatares por los que ha pasado nuestra Cofradía, inmersa en costosos pleitos y más pleitos. Ahora, una vez superadas las desavenencias y problemas, es cuando podemos disponer de algún dinero para pagar los arreglos.
-Comprendo. Bien, no hay ningún problema en aceptar vuestros encargos, y será para mí un honor restaurar las imágenes de tan gran maestro como fue Nicolás de Bussy. Pero en el caso de la Virgen de la Soledad quisiera proponeros algo: Como bien sabéis, hace tiempo que decayó la moda de hacer imágenes de la Virgen en su Soledad. Mi maestro, Salzillo, creó un nuevo tipo de Virgen, la Dolorosa, de la cual se han hecho muchas. Con todos mis respetos hacia esta magnífica Soledad de Bussy, decidme: ¿no os gustaría tener una Dolorosa de ese tipo para vuestra procesión?-
Los mayordomos de la Sangre se miraron entre si. Aquello cambiaba sus planteamientos iniciales. Tenían que pensarlo bien antes de tomar una decisión, así que firmaron el acuerdo para la restauración de la Negación de San Pedro y, en cuanto al tema de la Virgen, emplazaron a Roque López para darle una respuesta en breve. Al salir del Convento, propusieron sellar el acuerdo con un vaso de vino, en la taberna de Nicanor, que estaba a pocos pasos, junto a la alameda.
Entraron y tomaron asiento. De inmediato la vio acercarse a la mesa. Era la mujer más guapa que recordaba haber visto jamás. Tanto que se quedó embelesado mirándola.
–Don Roque, ¿qué os pasa? ¿no me oís?- le dijo uno de los mayordomos.  -Os pregunto que qué deseáis beber.- 
-Oh, sí…  disculpad… yo… este… sí, sí, vino, por favor-.
Y se quedó mirando como la guapa moza se marchaba a preparar la comanda, contoneándose entre las mesas y bancos de madera.
-Parece que os ha gustado Fotina, don Roque. Es normal, porque guapa es con avaricia, pero tiene un defecto… está casada. Nicanor, el dueño de la taberna, es su esposo.-
-Vaya por Dios- contestó Roque López –Viendo a ese tal Nicanor sólo se puede decir, que la fortuna está muy mal repartida en el mundo-.
–Y decís bien don Roque, porque no debería estar permitido que un  malencarado como el tabernero, tenga por esposa una mujer así. ¿No creéis?-.
-Y tanto que no- dijo Roque -y más cuando uno, como es mi caso, está soltero-.
–Soltero porque vos queréis, que seguro que no os habrán faltado ocasiones-.
–Bueno, sí, cierto es, pero entre mi dedicación al aprendizaje en el taller de mi maestro, y después, a su muerte, haberme hecho cargo del mismo, pues la verdad, no he podido dedicarle mucho tiempo a los asuntos del amor-.
–Brindemos don Roque. Por vuestros asuntos del amor y, sobre todo, por el acuerdo que hemos firmado, para que trabajéis para nuestra Cofradía-.

Pasadas unas pocas semanas, Roque López recibió en su taller la visita de algunos mayordomos de la Sangre. Le traían en un carro, las imágenes de la Negación de San Pedro para ser restauradas. Asimismo traían un encargo para el escultor: la junta de mayordomos había aceptado la idea sugerida por don Roque, y decidido encargarle la ejecución de una imagen de la Virgen de los Dolores, según el modelo creado por Salzillo.
Roque López estaba satisfecho. La futura “Señora del Carmen” saldría de sus manos. Tendría que hacer una obra maestra, porque las comparaciones con la Dolorosa de la Cofradía de Nuestro Padre  Jesús Nazareno iban a estar a la orden del día. Pero no le importaba ni le preocupaba demasiado. Confiaba en si mismo y en su arte y sabía que, aún siguiendo el modelo de su maestro, haría una Dolorosa con personalidad propia.

Casi un año más tarde, el 2 de Abril de 1.787, desde el convento de Santa Clara partían el restaurado paso de La Negación y la nueva Virgen Dolorosa, en Solemne Rosario con dirección al Convento de Carmelitas. Cuando llegaron al Carmen y colocaron a la Virgen en su altar, los mayordomos de la Sangre no pudieron sino poner caras de satisfacción. Era Ella, la Señora, la bellísima y maravillosa Dolorosa del Carmen, la que pisaba por vez primera su casa.


Después de haberle rezado de rodillas un Ave María, marcharon todos a celebrarlo a la taberna de Nicanor. Roque López se alegró al recordar a la guapa moza que allí servía las mesas y que ahora volvería a ver.
Se sentaron en una mesa y enseguida se acercó Fotina.
-¿Qué se os ofrece, caballeros?-
-Díle a tu esposo Nicanor que nos sirva los mejores vinos y licores que tenga en su bodega, que venimos de celebración-.
–Nicanor no está. Se encuentra enfermo. Pero no penen sus señorías, pues serán servidos como les corresponde, y tendrán las mejores bebidas y los mejores manjares que mi humilde casa os pueda ofrecer. Y, ¿pues qué celebráis, caballeros?, si no es mucho preguntar-.
–Celebramos que don Roque, maestro escultor aquí presente, nos ha hecho entrega de la nueva y bella imagen de la Virgen de los Dolores para nuestra Cofradía y procesión. La debes haber visto pasar ante tu puerta hace un rato-.
–Ciertamente que la vi. Hermosa Virgen, caballeros. Halagada me siento de tener en mi humilde casa a tan insigne artista. Mi nombre es Fotina, señoría, para serviros-.
Roque López no sabía para donde mirar. Los ojos de la tabernera le tenían embelesado. Aún sabiendo que estaba casada, no podía dejar de mirarla. Pero cruzar su mirada con la de Fotina le hacía enrojecer de vergüenza, de manera que se excusó.
–Ruego me disculpen caballeros, pero mi taller no puede permanecer ocioso, que muchos son los encargos y cortos los plazos de entrega. Os agradezco vuestras palabras de elogio y deseoso estoy de ver a mi Dolorosa en la calle, durante vuestra procesión, el próximo Miércoles Santo. Ahora he de marchar-.
En ese momento llegaba Fotina con las bebidas. –¿Ya os vais caballero? ¿No probaréis este magnífico licor que guardaba mi esposo para ocasiones especiales? ¿No os sentís a gusto en mi humilde casa?
-Humm… esto… sí, cierto que sí… pero bueno… Disculpad… A sus pies señora. Queden con Dios, señores-.
-Extraño comportamiento el de nuestro escultor, ¿no creéis?-
-Me parece a mí que se siente violento ante la mirada de Fotina…. En fin, él sabrá lo que le pasa. Brindemos caballeros, ¡¡Por la Cofradía de la Sangre!!-.

Durante los meses siguientes, no fueron pocas las veces que Roque López veía, como sus largos paseos por nuestra ciudad, acababan inevitablemente al otro lado del Segura, en la taberna de Nicanor.
Le era grato pasar las horas del atardecer estival, a la plácida sombra de la parra que había ante la puerta de la taberna, junto al fresco ribazo de la acequia Almohajar. Ya no se azaraba tanto ante la aguda mirada de Fotina y, salvaguardando las distancias y el respeto que le merecía una mujer casada, le fue cogiendo cierta confianza.
Y notaba que dicha confianza le era mutua. A Fotina le gustaba escuchar las historias que le contaba Roque López, los trabajos que hacía, los santos que tallaba para esta o aquella iglesia o cofradía. Y con cierta frecuencia se escuchaba la risa de la tabernera, alegre y cantarina como el agua que corría por la acequia.

Y la gente comenzó a cuchichear. Comentarios de taberna, ladinos y con doble intención en la mayoría de ocasiones, que llegaban a oídos de Nicanor. –Ayer, que marchaste a por vino a Pinoso, estuvo aquí toda la tarde el santero….-.   -Bonito vestido se ha puesto hoy tu esposa… ¿acaso vendrá el escultor?-.     –Habla con él y dile que se busque otra taberna….  y otra tabernera….-
Nicanor, era una buena persona, pero un tanto bruto en sus modales, sin embargo le tenía mucho respeto a don Roque López, dada la reputación de maestro escultor que tenía, tanto en la ciudad como en el Reino de Murcia. De manera que hizo de su esposa blanco de los celos, provocados por tanto comentario insidioso, hasta el punto de llegar, en alguna ocasión, al maltrato verbal e incluso físico para con ella.
Ésta, que era de armas tomar, cuando se hartó de los gritos y los palos que le daba su marido, optó por denunciarle a la Justicia.

El consiguiente juicio se complicó con ciertas declaraciones maliciosas de algunos testigos, que afirmaban que Nicanor aguaba el vino y ejercía, con perjuicio para todos, su oficio de tabernero. Incluso salieron historias pasadas, que hablaban de que dos parroquianos de la taberna habían enfermado y fallecido, por tomar alimentos en mal estado, en su establecimiento.
Los jueces concluyeron declarando culpable a Nicanor y condenándole a destierro durante dos años.
Sin tener otro sitio dónde ir, Nicanor decidió partir para Orán, donde tenía parientes. Arrepentido, rogó a Fotina que no le abandonase y marchase con él. La amaba y no quería perderla. Le juró que jamás volvería a levantarle la mano.
–Por favor, Fotina, te necesito, no me abandones ahora. Ven conmigo-.

Al cabo de una semana, Nicanor y Fotina tomaron un carruaje que les llevó hasta el puerto de Cartagena, donde embarcaron rumbo a Orán.
Ambos dejaban atrás su ciudad, sus gentes, su casa y su negocio. Ella además, dejaba en Murcia algo que no sabía muy bien como definir. Un sentimiento extraño en su interior, cada vez que se acordaba del maestro escultor.

Llevaba bastante tiempo sin pisar la taberna de Nicanor y sin ver a Fotina. Las miradas que le dedicaban los parroquianos y el propio dueño, le disuadieron de continuar visitando la taberna y dejó de ir por allí.
Una tarde, que tuvo que ir al Carmen a resolver un asunto de cobro de dineros, al pasar vio la taberna cerrada. Preguntó a unas vecinas que lavaban la ropa en el lavadero, junto a la acequia y le dijeron que sus dueños habían tenido que cerrar la taberna y marcharse fuera de Murcia, -a tierras de moros- le dijeron, pero no sabían exactamente adónde.
Se quedó consternado por la noticia. Ella se había ido, y sin despedirse siquiera. Estaba claro que tenía que ocurrir. Había osado acercarse demasiado a una mujer casada, y su error lo pagaba así de caro.

Con un intenso y amargo dolor en su corazón, intentó olvidar a la bella Fotina. Pero, por más esfuerzos que hacía, era de tal intensidad el sentimiento que persistía en su interior, que no lo lograba. A pesar de su desazón, se entregó en cuerpo y alma a realizar los numerosos encargos que llegaban a su taller de escultura hasta que, pasados algunos años, Roque López conoció a una mujer que le hizo olvidar casi por completo a su añorada tabernera y, a los pocos meses de haberla conocido, contraía matrimonio en la iglesia de San Pedro, con Lucía Hernández.

Al cabo de cierto tiempo recibió una visita de algunos mayordomos de la Cofradía de la Sangre. Venían con la intención de encargarle la realización de un nuevo paso, para su procesión de Miércoles Santo.
-Queremos que nos hagáis un paso de La Samaritana, como el que hizo vuestro maestro Salzillo para Cartagena-.
-Muy bien caballeros, no hay ningún problema. ¿Os parece bien que ajustemos la obra en 1.200 reales de vellón?-.
-Nos parece un precio algo caro, pero confiamos en vuestro buen hacer. Eso sí, ha de estar acabado para la Semana Santa del próximo año 1.799-.
-Así se hará-.

No le costó excesivo esfuerzo lograr la dulce expresión, que buscaba para el rostro de Jesús. Pero la cara de la mujer de Samaria se le resistía más de lo que esperaba. Le hubiera sido sencillo hacer una copia del rostro de la Samaritana, de Salzillo. Un breve viaje a Cartagena le hubiese bastado para ello. Pero pretendía crear una imagen con personalidad propia.
Cierto día, ojeando su libro Santoral, leyó algo en lo que no había reparado antes y que le dejó helado: De acuerdo con el Martirologio Romano, "Fotina, la samaritana, sus hijos, José y Víctor, el oficial del ejército, Sebastián, Anatolio, Fotio, las hermanas Fotis, Parasceve y Ciríaca, todos confesaron a Cristo y alcanzaron el martirio". La historia, conservada por los griegos, es puramente legendaria, afirma que Fotina fue la samaritana con quien habló Nuestro Señor en el Pozo. Tras de predicar el Evangelio en varios lugares, llegó a Carthagonova, donde murió después de sufrir tres años de prisión por la fe.
¡Menuda sorpresa se había llevado! La mujer de Samaria se llamó como su recordada Fotina….  ¡¡Ya tenía la cara que andaba buscando!! Rebuscó en lo más profundo de sus adormecidos recuerdos, y allí encontró el rostro de la bella tabernera. Y, después de tantos meses sin lograrlo, en una sola noche, a solas en su taller talló la imagen de la hermosa Samaritana.
El mejor recuerdo que tendría de la mujer que en otro tiempo amó en secreto, sería esa imagen que acababa de tallar y que, desde el próximo Miércoles Santo en adelante, abriría la procesión de la Sangre.

Los siguientes ocho años fueron de felicidad y prosperidad para el hogar de Roque y Lucía. Pero nada en la vida es eterno y así, en 1807 Lucía sufrió un grave accidente, al ser arrollada por unas caballerías que corrían sueltas y desbocadas por las calles de Murcia. A resultas de las graves heridas sufridas, falleció a las pocas semanas, dejando a su esposo viudo y sumido de nuevo en la más amarga y triste soledad.

Un día de Miércoles Santo, un año más tarde, Roque López salió de su casa después del almuerzo. Cruzó el puente sobre el Segura y fue caminando por la Alameda, repleta de gentes de la huerta que habían venido hasta el Carmen, para ver salir la procesión de la Sangre. Al pasar junto a la vieja taberna, le sorprendió verla abierta después de tantos años cerrada. Como aún no eran las tres de la tarde -hora fijada de salida de la procesión- se asomó a ver quién había dentro. Lo que vio al entrar hizo que su corazón saltase de gozo dentro de su pecho. Ella estaba allí. Bella como siempre, a pesar de los años pasados, Fotina había regresado a Murcia. El reencuentro les alegró a ambos. Ella le contó que Nicanor, su esposo, había muerto en Orán, víctima de unas fiebres malignas y, sin nada ni nadie que la atase allí, decidió volver a su tierra, a su ciudad, a su casa, a donde había llegado hacía tan sólo unos pocos días.
-Y. ¿qué os ha traído por aquí, caballero? ¿Venís a ver la procesión? Mucha gente ha venido a lo mismo. Mirad cómo está la Alameda-.
-Pues he venido a…. Escuchad. Ya se oyen campanillas, tambores y bocinas. La procesión ha comenzado. Venid afuera y veréis lo que me ha traído por aquí-.
Salieron a la calle y Roque López señaló hacia el paso que, en ese momento era detenido justo frente a la taberna.
-Mirad Fotina…. A ver esto vine-.
-¡Oh!...  ¡Pero, si soy yo!.... ¿Hicisteis vos estas imágenes?….  ¿Copiasteis vos mi rostro?….  ¿pero, cómo pudisteis hacerlo, si yo no me encontraba presente?-
-Ay, mi querida Fotina. Miré dentro de mi corazón y de mis manos salió esa imagen... de mis manos saliste tú-.

Transcurridos pocos meses, Roque y Fotina contrajeron matrimonio. Pero, tras pasar tres felices años juntos, el destino no quiso mostrarse demasiado propicio para con los dos enamorados, cerniéndose de nuevo la desgracia sobre el hogar de Roque López. Y así, en 1.811 Fotina falleció, víctima de la grave epidemia de fiebre amarilla, que se desató en Murcia ese año. A las pocas semanas, inmerso en la mayor de las tristezas y consumido por la fiebre, también murió D. Roque López.
Pero nos dejó para siempre, en la imagen de La Samaritana, el bellísimo rostro de su esposa Fotina, la tabernera del Carmen.