martes, 20 de agosto de 2013

EL BALCÓN DE LA SUBIDA DEL PUENTE


   Vamos que es tardísimo y aún tengo que lavaros las manos, la cara, peinaros, vestiros y prepararos la merienda, que tenemos que irnos a ver la procesión.
Hecho todo eso, mi madre nos cogió a mí hermana, a mi hermano y a mí, de ocho, cuatro y nueve años respectivamente y salimos de la casa donde vivíamos junto al paso a nivel del Rollo, para dirigirnos hacia la iglesia del Carmen que se divisaba a lo lejos, al final de la calle de Floridablanca.
Pero, entre unas cosas y otras se nos había hecho bastante tarde. Eran pasadas las ocho y la procesión ya estaba saliendo.
Marchaba mi madre hacia el Carmen, con el ritmo lento y pausado que permitían las infantiles piernas de mi hermana y mías quienes caminábamos asidos uno a cada lado del carricoche donde iba sentado nuestro hermano pequeño.
Mi padre nos aguardaba en la Glorieta, -nos iba diciendo mi madre- y una vez todos allí reunidos, marcharíamos a ver juntos la procesión de los coloraos. Pero, cuando llegamos a las inmediaciones de la iglesia del Carmen, mi madre pudo comprobar que, debido a la enorme cantidad de público que allí se había congregado para ver la salida de la procesión, era del todo imposible cruzar la calle y alcanzar el jardín de Floridablanca para desde allí continuar por la espalda del mismo hasta llegar al puente Pasarela, cruzando el cual llegaríamos a la Glorieta en un momento. Pero no se podía pasar. Mi madre llevaba tres niños pequeños, uno de ellos montado en su carricoche y la calle estaba bloqueada por las filas de sillas allí ubicadas a ambos márgenes de la misma, sillas que estaban ocupadas por cientos de personas que contemplaban -un año más- el añejo desfile colorao y, a la hora que era ya, mi padre seguro que estaría esperando en la Glorieta desde hacía rato. ¿Cómo llegar hasta ella sin cruzar al otro lado de la calle?
En lugar de optar por dar un rodeo por detrás de la iglesia del Carmen, algo que nos hubiera retrasado aún más, mi madre optó por la vía más directa, por lo que nos encaminó por toda la Alameda de Colón, por detrás de las filas de sillas, esquivando como podíamos los numerosos grupos de personas que se encontraban apostados en pie detrás de aquéllas.
Tras hacer ímprobos esfuerzos llegamos hasta la Plaza de Camachos. Aquí el espacio detrás de las sillas se ensanchaba mucho, por lo que era menos agobiante para mi madre avanzar, siempre atenta de que no nos soltásemos del carricoche que ella empujaba. Pero, inmediatamente a continuación de la citada plaza comenzaba la Avenida de Canalejas cuya acera era bastante más estrecha que la anterior, por lo que el espacio existente tras las sillas se hacía cada vez más escaso. Además, la citada avenida comenzaba a empinarse más y más, remontando la cuesta del Puente Viejo.
Llegó un momento en que, ya muy cerca del puente, allí donde se produce un estrechamiento importante de la avenida, de pronto mi madre comprobó angustiada que era totalmente imposible continuar avanzando ya que, próximo a la Virgen de los Peligros se había producido un tapón humano en el estrechamiento antes citado y no era posible caminar hacia adelante pero lo que es peor, tampoco hacia atrás. Mi madre estaba asustada y preocupada por nuestra seguridad ya que, atrapados como estábamos dentro de aquella marea humana, estábamos expuestos a sufrir empujones, pisotones o incluso aplastamientos.
De la angustia de mi madre fueron testigos unas personas que se encontraban en un balcón situado justo encima de nosotros. Esas buenas gentes del balcón eran miembros de la familia Perea, propietarios de una zapatería que había bajo su domicilio, en la cuesta del Puente Viejo.
Apiadados ante la angustia evidente de mi madre y ante el claro peligro que corríamos tanto ella como nosotros, en un momento decidieron bajar y abrir el portal de acceso a su vivienda, para que pudiéramos refugiarnos allí dentro a la espera de que el tapón de gente se disolviese y se pudiera volver a pasar en dirección al puente.
Agradecida y aliviada mi  madre, nos hizo pasar a mis hermanos y a mí al interior del improvisado refugio ofrecido tan generosa como amablemente por aquella familia. Ya que no podíamos seguir avanzando hacia la Glorieta, al menos no seguiríamos sufriendo más empujones ni pisotones.
Pero la amabilidad de la Familia Perea no se había acabado aún. Transcurrido un corto rato bajó de nuevo al portal un miembro de la misma y nos invitó a que subiéramos todos a su vivienda para que pudiéramos ver la procesión desde uno de sus balcones. Tras convencer a mi madre subimos y, una vez en la vivienda, inmediatamente nos condujeron hasta un balcón a los pies del cual discurría un río colorao desconocido para mí y formado por multitud de cirios, cruces, nazarenos, pasos y unas extrañísimas bocinas con ruedas que emitían un no menos extraño sonido y también unos roncos tambores con entrechocar de palillos, sonidos ambos (bocinas y tambores) que alguien nos explicó que se trataba de la “burla” que le hacían al Señor.
Yendo aún más lejos en el grado de extrema amabilidad y hospitalidad que había mostrado la Familia Perea para con unos absolutos desconocidos, al poco rato vinieron de la cocina una señora de aquella familia que nos obsequiaba a mi hermana y a mí con sendos trozos de pan y chocolate.




Mientras comíamos el pan con el chocolate continuamos contemplando el maravilloso desfile colorao desde lo alto del balcón. Recuerdo vagamente que alguien nos decía que mirásemos el gallo que había en uno de los pasos. Después, esa misma persona u otra, qué más da, nos dijo que mirásemos que en ese otro paso iba el “Berrugo”, cogiendo habas. Uno tras otro fueron pasando todos los nazarenos, todas las “burlas”, todas las bandas de música, todos los pasos que formaban esa fantástica procesión que no recuerdo muy bien si ya la había visto con anterioridad, supongo que sí, pero en verdad yo la estaba descubriendo en su verdadera dimensión aquel año, viéndola desde ese balcón.
Llegó el último de los ocho pasos que, en esos años conformaban la Procesión de la Sangre de Cristo, como así me dijeron que se llamaba.
Este último paso era precisamente el Cristo de la Sangre y, advertido por una de las personas de aquella casa, pude observar el chorro de Sangre que manaba del abierto costado del Cristo y que caía en una copa que llevaba en la mano un pequeño ángel. Recuerdo que también me dijeron que me fijase en que no iba clavado del todo en la Cruz, sino que llevaba los pies desclavados e “iba caminando” -eso me dijeron-, aunque años más tarde, cuando crecí pude descubrir el verdadero significado de ese Cristo de la Sangre. Lo que sí tengo claro es que, a partir de aquel momento en que descubrí esa fantástica procesión y ese Cristo que la presidía, me “enamoré” de esa imagen y nació en mí el deseo de salir de nazareno colorao en aquella procesión que –vista con mis ojos de niño- me había resultado tan especial.
Terminó de pasar la procesión bajo aquel balcón de la subida del Puente y la gente que la presenciaba empezó a disolverse y marchar para sus casas. El tapón humano que se había formado bajo la Virgen de los Peligros hacía rato que se había deshecho y tras haber dado mi madre grandes muestras de gratitud hacia aquella amable familia que tan hospitalariamente nos había abierto las puertas de su casa y acogido bajo su techo, nos despedimos para iniciar nuestra marcha, no sin antes recibir, en una última prueba de generosidad de la familia hacia nosotros, un buen montón de caramelos y unos globos hinchables de Calzados Perea.
Una vez en la calle, mi madre pensó que con el final de la procesión comenzando a pasar por la Glorieta, ya no merecía la pena que fuésemos hasta allí porque, a buen seguro que mi padre, cansado de esperarnos, ya se habría marchado por lo cual mi madre decidió encaminar nuestros pasos hacia nuestra casa junto al Rollo, que mi padre seguro que ya se encontraba allí. Durante el camino de regreso a casa, mi madre nos preguntó si nos había gustado ver la procesión desde lo alto del balcón a lo que respondimos que sí. Yo añadí que me había encantado la procesión y que me gustaría muchísimo salir en ella cuando fuese mayor vestido con esa túnica de nazareno colorao.
¿Quién podría imaginar que aquel tapón humano y aquella experiencia vivida desde el balcón de la subida del puente podría significar el origen de un sentir colorao, de un pensar “en colorao” y de una pasión tan grande hacia una Cofradía?




Juan Manuel Nortes González     (20-08-2013)

martes, 6 de agosto de 2013

NO ME PASARÁ NADA

La Muy Ilustre y Venerable Cofradía del Santísimo Cristo de la Caridad fue fundada en Murcia,  a finales de junio de 1993.
La Cofradía creció en sólo seis años en cuanto a su número de pasos, pero no lo hizo bien y de inmediato hubo un sentir unánime en cuanto a la conveniencia de sustituir alguno de los nuevos pasos realizados, ante su evidente falta de calidad artística. Así pues, la Junta Directiva de la Cofradía decidió ir cambiándolos poco a poco, conforme fuese pudiendo, pero entre muchos de sus cofrades siempre hubo un verdadero rechazo y oposición a cambiar la imagen del Cristo de la Caridad, Titular de la Cofradía.
Finalmente, tras muchas deliberaciones y debates, la Junta Directiva de la Cofradía tomó la decisión de ir viendo diversas posibilidades para elaborar una nueva imagen del Cristo, pero no consiguieron que ningún escultor les hiciese un proyecto con un precio que se adaptase a sus menguadas  posibilidades  económicas.
Tampoco lo tuvieron fácil por la parte financiera, ya que no lograban que los bancos les ofreciesen un crédito con unas condiciones asumibles por parte de la Cofradía.
Parecía como si fuese el propio Cristo de la Caridad quien no quisiera que su imagen fuese sustituida, y pusiera todas las trabas posibles a los intentos de cambio de la imagen.
Entre los más fieles devotos del Cristo se encontraba un tal Manuel quien, a la lógica devoción, por tratarse de uno de los nazarenos estantes que cargaban al Cristo sobre sus hombros durante la Procesión, se unía la que provenía de la circunstancia de que un hijo suyo había estado gravemente enfermo y tras rezarle al Cristo de la Caridad, rogándole por su curación, su pequeño había conseguido superar la enfermedad, hecho que Manuel siempre atribuyó  a una intervención directa del Cristo.
Cierto día Manuel, que vivía en la calle Pascual, muy cerca de Santa Catalina, vio una gran columna de humo que salía desde la iglesia. Se había declarado un incendio en ella.
Rápidamente corrió hacia la iglesia, llegando ante su puerta al mismo tiempo que el sacristán. Entre los dos abrieron las puertas, entrando en el templo y comprobando que el fuego se había declarado junto a la Capilla que ocupaba la imagen del Cristo de la Caridad.
Presurosamente, entre los dos intentaron poner a salvo la imagen, pero sólo consiguieron descolgarla de la pared y dejarla tumbada en el suelo.
Con el Cristo ya en el suelo, Manuel miró hacia el techo y vio que una gran viga de madera ardiendo iba a caer de un momento a otro sobre la imagen del Cristo por lo que, poniendo en juego su propia vida mientras pensaba y se decía: “Dios está arriba y no me pasará nada”, se tumbó sobre el Cristo para proteger la imagen con su propio cuerpo, cayendo en ese preciso instante la viga ardiendo sobre Manuel, salvando con su cuerpo a la imagen del Cristo de su segura destrucción pero, inconsciente por el tremendo golpe recibido, Manuel perdía la vida envuelto en llamas.
El alma de Manuel fue directamente al Cielo y al llegar, San Pedro le recibió y le llevó ante Jesús, comprobando que su semblante tenía  la misma expresión de paz que tenía el rostro del Cristo de la Caridad.
Jesús, tras recibirle con una sonrisa y un cálido abrazo le preguntó  -“Manuel: ¿por qué lo hiciste?”-  A lo que Manuel le respondió  -“No podía dejar que ardieras Señor, igual que tú no abandonaste a mi hijo cuando te pedí por su vida”-.
En el funeral por Manuel, seguro que fue el propio Jesús quien habló por boca del Obispo diciendo que: “Al igual que un día hubo un buen hombre que salvó de las llamas la imagen del Cristo de la Expiración de Sevilla, conocido popularmente como “El Cachorro”, para que la ciudad sevillana pueda ver cada Viernes Santo la prodigiosa imagen del Cristo desgranando a cada paso su agonía, ahora tú, Manuel, has dado tu vida por salvar de las llamas la imagen del Cristo de la Caridad, para que la ciudad de Murcia pueda ver cada Sábado de Pasión la expresión de paz y caridad infinitas que emanan de su rostro”. 







Juan Manuel Nortes González        (22/05/2012)



Cuento escrito con motivo del XX Aniversario de la Muy Ilustre y Venerable Cofradía del Santísimo Cristo de la Caridad.