EL NIÑO
Tras muchos
años dedicándome, incansable, a mi trabajo como escultor e imaginero, hoy me
siento ya viejo y noto cómo las fuerzas ya me están abandonando.
Sé que pronto
moriré. Y espero poder reunirme con el Padre Eterno. Poder reunirme con el Cristo
de la Sangre, cuyos destrozados restos ensamblé pacientemente, hasta conseguir
recomponer su Divino Cuerpo. Poder reunirme con el Cristo de los tres Entierros
que tallé, uno para Cartagena, otro para Albacete y otro para Murcia. Poder reunirme
con el majestuoso Cristo del Lavatorio. Y con tantas otras imágenes de Cristos,
Vírgenes y Santos, como he tallado a lo largo de mi vida.
Pronto llegará
mi hora. Pero no quiero irme sin antes contaros algo. Quiero compartir con
vosotros una historia que me ocurrió hace ya bastantes años y que, aún hoy, me
llena de congoja y me hace tener esa Fe ciega en Dios, por la cual espero
reunirme pronto con Él.
Sucedió en
1955. Un año antes, la Cofradía de la Preciosísima Sangre de Cristo, que estaba
aún recomponiendo su procesión del Miércoles Santo, al estado en que se hallaba
antes de la enorme destrucción que sufrió en julio de 1936, me encargó la
realización del paso de Las Hijas de Jerusalén, para con él, recuperar el realizado
por Baglietto a mediados del siglo XIX, y que fue destruido al principio de la
guerra civil.
Todos los que
me conocen saben que no me gusta realizar copias de imágenes, de manera que, en
mi ánimo nunca estuvo la intención de realizar una copia del destruido paso. Muy
al contrario, intenté realizar algo innovador, aún manteniendo el sabor y el
espíritu barroco que impregna a la Cofradía por todos lados.
Así pues,
concebí un boceto compuesto por 4 imágenes: Jesús, semicaído bajo el peso de la
cruz, ayudado por Simón de Cirene, dirigiéndose a dos mujeres de Jerusalén, a
las que parece decir que no han de llorar más por Él, sino que lo hagan más
bien por ellas mismas y por sus hijos.
Una vez
aprobado el proyecto por parte de la Cofradía, me puse manos a la obra y empecé
a tallar las cuatro imágenes que, previamente, había dibujado y plasmado en el
papel.
Pero conforme
iba avanzando en la ejecución de la obra, me iba dando cuenta de que al paso, a
la composición le faltaba algo. No sabía qué, pero notaba un vacío, un hueco
que no acertaba a saber como llenar.
En los
alrededores de mi taller, en la calle Corbalán, solían jugar varios niños. Eran
otros tiempos, y no había tanto tráfico de coches como hay hoy en día, por lo
que los chavales se pasaban media vida en la calle, jugando y maquinando
travesuras sin parar.
Un día, una
pelota de trapo se coló en mi taller y, tras ella entró un niño con la
intención de recuperarla. Al verme y, al ver aquellas imágenes en las que me
encontraba trabajando, se quedó parado en la entrada. Le miré con cara de
fingido enfado y le dije: -¿Es que no podéis tener un poco de cuidado,
que vais a romper algo? Anda, pasa, coge la pelota y marcharos a jugar a otro
sitio-.
El niño, sin
decir nada, entró a por la pelota y salió corriendo. Enseguida dejé de escuchar
los ruidos que hacía el grupito de pilluelos que jugaban en la calle, por lo
que supuse que se habrían marchado a otro lado.
Sin embargo,
al cabo de unos pocos minutos, volvió a asomar la carita del niño por la puerta
abierta del taller. -¿Otra vez aquí?- le dije. -Ya se han ido a jugar a otro sitio- me respondió con su vocecita infantil,
añadiendo -¿Qué haces? ¿Puedo pasar?-.
Le miré
detenidamente. Tendría unos cinco años y vestía una especie de baby, como los
que, por aquellos años, llevaban los niños en los colegios. Sus cabellos eran
dorados y ensortijados, y sus ojos castaños tenían una mirada profunda y
melancólica.
-Pasa-
Le dije, y añadí -Pero ten cuidado y no toques nada-. El niño, obediente, pasó y
se sentó en un banco de madera, cerca de donde yo estaba tallando una de las
mujeres de Jerusalén. Y allí, callado, se quedó mirando, hasta que, al cabo de un
largo rato, dijo: -¿Qué estás haciendo?-. -Un paso para una procesión- dije
yo. -¿Para esa que sale de la iglesia que hay al
lado del jardín?- preguntó él. -Sí, para esa misma- respondí. Pensé
que se callaría y que, aburrido de estar allí, se marcharía enseguida en busca
de sus amigos. Pero no, el niño no se movió de su sitio, sin quitar su profunda
mirada de lo que yo estaba haciendo.
Al cabo de un
rato, que se me antojó eterno, volvió a preguntar: -Y, ¿qué paso es?-. Un
poco malhumorado por su insistencia en no dejarme trabajar tranquilo,
intentando ser tajante en mi respuesta, le respondí: -Se va a llamar Las Hijas de
Jerusalén-.
Pero el niño
parecía empeñado en amargarme la tarde, porque me volvió a preguntar: -Y,
¿cómo va a ser el paso que estás haciendo?-. Sin mirarle siquiera, con
un gesto de la mano le señalé el dibujo que estaba sobre la mesa. El niño se
levantó y se dirigió a mi mesa de trabajo, para verlo de cerca. Tras
contemplarlo durante un rato, se volvió hacia mí y me dijo: -Le
falta algo-. Le miré, entre extrañado y molesto, y le dije: -¿Qué
crees que le falta?-. A lo que me repuso: -¿Por qué no haces un niño y lo
pones al lado de esas mujeres?-.
No salía de mi
asombro. El pequeñajo se permitía, con un descaro tremendo, juzgar mi boceto.
Pero es que encima, tenía razón al decir que faltaba algo, tal y como yo mismo
notaba que sucedía. Y, no contento con todo ello, no se le ocurría otra cosa al
zagal que dar con la tecla, y sugerirme una solución para completar la escena.
Le miré
fijamente. Y, mientras lo hacía, veía con sorpresa que ese propio niño podría,
perfectamente, servirme de modelo para la imagen del niño, que podría encajar
en el paso. De manera que le dije: -¿Te gustaría que el niño que quieres que
ponga en el paso, se parezca a ti?-.
-Vale- contestó el niño, con su
vocecita infantil y despreocupada, mientras salía corriendo del taller. -¡Espera!-
le grité -¡Tengo que dibujarte en un papel!-. Volvió a asomar el niño su carita por el
quicio del portón del taller, y dijo: -Mañana vengo, que me llama mi madre-.
Con cierta
intranquilidad, por si el niño no volvía más por el taller, intenté dibujar su
carita de memoria. Pero, por más veces que lo intentaba, no conseguía dar con
la expresión profunda, melancólica y un tanto triste, que salía de sus ojitos. Esa
noche recé para que volviese al día siguiente. Esa noche también, dormí con
desasosiego, pensando en ese niño tan extraño y tan encantadoramente descarado.
Amaneció el
nuevo día y volví a mi taller a seguir trabajando. Toda la mañana la empleé en
acabar de tallar la mujer, que había dejado casi terminada la tarde anterior. Y
lo hice sin dejar de pensar en el niño, y con la inquietud que me producía la
incertidumbre de pensar si volvería a verle o no.
Pero volvió. Cumpliendo
su palabra, sobre las cinco de la tarde, mi angelito se dejó caer por el
taller. Le recibí con una sonrisa, diciéndole: -Has venido….-, a lo que
me repuso –Claro que sí. Ya te dije ayer que vendría. ¿Es verdad que vas a
dibujarme? Respondíle: -Claro, necesito dibujarte-.
Contestó el niño: -Y, ¿para qué-. A lo que respondí: -Pues, para después poder hacer
una imagen como tú, en madera, como la de esta mujer, o la del Señor que está
ahí-. -Ah, vale, pues venga, empieza a dibujarme-.
Respondió con su vocecita infantil y
risueña.
Y así, tarde
tras tarde, durante varias semanas, el niño, mi niño, mi angelito, venía a
visitarme al taller. Primero a posar para el dibujo. Después, cuando empecé a
tallar su imagen en madera, para ver como avanzaba mi trabajo, mientras se
entretenía jugando con trozos de madera y con un escoplo y un cincel que le
enseñé a usar.
Algún tiempo
después, una mañana, di la última pincelada a la imagen. -Esta tarde, cuando venga mi angelico
se pondrá muy contento al verla terminada-. Pensé yo.
Y así fue.
Todo fue asomar el niño por el taller y ver la imagen acabada, y ponerse a
saltar de alegría, gritando -¡Bieeeen! ¡Ya estoy acabado!- para
decirme a continuación: -Ahora sí tienes completo el paso-.
Pero, enseguida
cambió su semblante y me dijo: -Ya no hará falta que venga más por tu
taller-. Yo le dije: -Claro
que puedes venir, pequeño, siempre que quieras. Además, estás aprendiendo muy
bien a utilizar las herramientas de escultor. ¿Te gustaría ser escultor como yo,
cuando seas mayor?-.
Fijó en mí sus
profundos ojos, se puso muy serio y, señalando la cruz que sujetaba la imagen
del Cirineo, me respondió: -Cuando sea mayor, llevaré una Cruz como esa
en el hombro, y en ella moriré-.
Y, en ese preciso instante, desapareció.
No le volví a
ver nunca más. Anduve preguntando por él por casi todo el barrio del Carmen, pero
nadie supo decirme dónde vivía, ni su nombre, ni nada de nada. Nadie parecía haberle
visto nunca.
Aunque estoy ya
viejo, no estoy loco. Sé que ese niño existió. No es producto de mi
imaginación, ni lo he soñado. Él estuvo en mi taller posando para mí.
Ahora, que ya
estoy próximo al momento de entregar mi espíritu a Dios, tengo la certeza de
que, si el Señor quiere que mi alma vaya al Cielo, cuando llegue y asome mi
rostro por allí, aquel Niño me estará esperando, con su cabello rubio y ensortijado
y, mirándome con sus ojos profundos y melancólicos, extenderá su manita hacia
mí y, guiñándome un ojo, me dirá: -Pasa, pero ten cuidado y no toques nada-.


No hay comentarios:
Publicar un comentario